Francisco Amador

Estado de excepción y trancazos

por 27 de septiembre de 2012, 445 visitas
Líneas de opinión sobre el estado del Estado.
Hay situaciones tan grotescas y violentas para el intelecto humano que el desprestigio de la política es sólo una consecuencia racional y lógica de esta actividad y que no pueden evitar, por su pasmosa inutilidad, los actores que la escenifican en nuestro país, o lo que queda de él. Muchas son las circunstancias que se dan simultáneamente para afirmar categóricamente que estamos ante un Estado de excepción. Que el Estado está dividido es obvio, no sólo porque Cataluña apueste decididamente por la independencia como salida de esta situación económico financiera irreversible, y digo irreversible porque el gobierno se arroja a los brazos de los insensibles e insolidarios mercados especuladores, sino porque la fractura social es cada vez más grande, aunque el denostado presidente del Reino de España predique en otras partes del mundo una paz de mentirijilla o como se diría porque aquí, “todo es para aparentar”.

Estamos ante un Estado de excepción, más allá de las definiciones jurídicas del término y ciñéndonos a la etimología, porque es excepcional, o por los menos debería serlo, que la gente busque comida en los contenedores de basura por sistema, y lo que es más grave si cabe, que los ciudadanos se han acostumbrado a contemplar semejante acontecimiento impasibles y gélidos. En una situación tan crítica para la integridad del Estado la mejor venta de la marca España, ahora que tan de moda se ha puesto vendernos en el exterior, es solucionar de raíz los problemas sociales, en vez de intentar taparlos con una visita fugaz del Rey a tierras yanquis para decirles a los redactores del New York Times que en España no se pasa hambre, que las imágenes del reportaje publicado por esta cabecera están sacadas de contexto. O con el discurso de Rajoy en la ONU donde de forma implícita alude a la Alianza de las Civilizaciones de Zapatero, cuando no es capaz de aliar a su propio país.

Casualmente, por las mismas tierras que el monarca anda el presidente, mientras que su gobierno y la oposición se parapetaban en el Congreso a la espera de que la policía disolviera a base de trancazos a los manifestantes del 25S. Sí, es cierto que había violentos entre los asistentes a la manifestación, perroflautas, antisistemas, jipis o niñatos, como quieran llamarlos, pero no es menos cierto que había miles de personas de lo más variopinto que sólo portaban pancartas y gritaban consignas democráticas. Rajoy, una vez más, mira hacia otro lado y se apoya en una mayoría silenciosa para coger fuerzas. Mientras que un país entero pide una cosa, en las esquinas, en los bares, en la grada del Villamarín y también en las manifestaciones, el va a otra y prefiere, en vez de escuchar, silenciar a la minoría ruidosa, con el sigiloso garrote de goma de los monos.

La cuenta de Rajoy, al parecer, es que los manifestantes eran una minoría en el total de la población española. Quizás piensa que toda la población española vive en Madrid o que con la limosna de 450 euros que reparte a los desempleados les da para ir a toda una familia desde Algeciras hasta la capital en vuelo chárter para vociferar sus penurias. Rajoy de un plumazo descuenta del total de la población española a los dos millones de catalanes que hace unos días pedían la independencia, a los miles de estudiantes que se han manifestado por los recortes en educación y ha obviado al numeroso colectivo de empresario que rechazan la subida del IVA y a los millares de sindicalistas que han recorrido las cunetas andaluzas pidiendo, al menos, dignidad en sus políticas.

Ahora tendrá una buena oportunidad el PP y Rajoy para ganar algo de credibilidad, se aproximan los presupuestos para el ejercicio 2013. Pero mucho me temo que el Estado de excepción continuará y los trancazos no cesarán. La partida para pagar intereses de la deuda soberna es mayor que la de las nóminas de los funcionarios del Estado. Quizás esto no altere a la mayoría silenciosa a la que tanto admira el gallego pero puede que la minoría cada vez haga más ruido hasta hacerse oír. Lo que ocurre es que hasta que las voces lleguen al parlamento alemán, donde se cuece nuestro futuro, la clase política intentará amansar a la fieras y cuando el estado del Estado ya no sea de excepción y sí de quiebra social y económica absoluta, quizás sea demasiado tarde para buscar soluciones por la vía del dialogo y el consenso social.

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