Romero Agüero

Bosques inexplorados (Registros y razonamiento)

por 11 de diciembre de 2012, 431 visitas
Desarrollo del texto integro sobre el afán explorador del ser humano, registros históricos, y consecuencias para el medio natural.

No sabemos quién fue el primer expedicionario que quedó registrado en la historia. Tal vez quién se atrevió a cruzar el río, la peligrosa sabana o el que dejó su caverna  para ver que se divisaba en el horizonte, desde una montaña. El temor a lo desconocido y a la naturaleza primigenia, fue superándose, alejando las fronteras del mundo civilizado en la medida de las posibilidades de cada época.

Desde la más oscura antigüedad el hombre ha temido y ha sentido la llamada de los bosques, del medio natural y de los límites de su civilización. Más allá de las fronteras conocidas empezaban extensiones inabarcables de selvas, donde pastaban animales desconocidos y pueblos salvajes  deambulan sin caminos.  La tierra permanecía tal como había sido creada. Los pueblos originarios de los cinco continentes han desarrollado una forma de ver el mundo, en que los elementos de la naturaleza son el fundamento de su existencia, y esto ha fascinado al hombre ilustrado, que ha buscado profundizar en la exploración de los más recónditos espacios del planeta.

Los navegantes fenicios, griegos, cartagineses, recorrieron  las costas de Oriente Medio, Europa y África. Hoy se recuerda vagamente a Hannon,  Piteas, Ptolomeo, entre otros…

Un texto del primero, cartaginés de nacimiento, nos relata que su flota partió de Cartago recalando en Gadir; y continuando por la costa africana hasta lograr circunnavegarla. La descripción de Hannón es similar a las de los exploradores modernos:

“vimos montañas cubiertas de bosque se levantaban sobre el mar, el aire estaba saturado de los más diversos aromas exóticos, fuegos encendidos en la costa, retumbar del tam-tam... Continuando la navegación llegamos a un brazo de mar que los intérpretes llamaron Cuerno Hesperico, desembarcando por un día,…”

"De día sólo veíamos bosque y más bosque, pero por la noche se encendían muchos fuegos en el interior. Oíamos el son de los tambores, las notas de las flautas y los címbalos y muchos gritos. El aire estaba lleno de perfumes. Los arroyos de turbulentas aguas se vertían ruidosamente en el mar. A causa del calor sofocante no podíamos desembarcar"…

En los albores del Imperio Romano, las legiones conquistaron una tierra, las Galias, cuyos moradores reverenciaban a los bosques.  El poeta romano Lucano, sobrino de Séneca,  hace casi dos mil años, nos habla de la existencia de un horrible y frondoso bosque sagrado al que  nadie se atreve a entrar, situado cerca de Marsella, y que Julio César manda talar.

“Había un bosque sagrado, no violado desde hacía siglos, cuyas ramas entrelazadas encerraban, al abrigo de los rayos, un aire tenebroso y una sombra glacial. No es la mansión ni de los Panes campestres ni de los Silvanos nemorosos, ni de las ninfas: los dioses bárbaros le imponen sus ritos. Bajo las piedras del sacrificio se elevan soberbios altares; cada árbol ha recibido la repetida consagración de sangre humana. Si se puede dar fe a una antigua superstición, los pájaros temen posarse en las ramas de este bosque, las fieras no buscan morada en él; el viento no penetra, ni el relámpago que se desprende de las nubes sombrías; ningún soplo de viento levanta el follaje, y los árboles se alzan terriblemente rígidos. El agua se esparce por doquier en fuentes negras. Lúgubres, sin arte, las imágenes de los dioses se esbozan informes, en los troncos; podridas y carcomidas, su lividez basta para provocar el espanto; pues no se teme a los dioses cuya santidad es bien conocida. en cambio, el terror crece cuando ignoramos los dioses a los que tememos. Decíase también que la tierra suele temblar, que los antros profundos gimen, los tejos colgantes se alzan a menudo, que un brote de incendio, sin llamas, invadía el bosque, y los dragones deslizaban sus nudos sobre los troncos de los árboles. Las gentes no acuden en masa a rendirle homenaje. los abandonan a los dioses. Cuando Febo está en su cenit o el cielo sepultado en la noche, el propio sacerdote tiembla al acercarse y sorprender al Señor del Bosque.
César manda que, introducido el hierro, esta arboleda caiga; pues vecina a la obra y sin haber sido tocada en otra guerra anterior se erguía densísima entre montes desnudos. Pero las fuertes manos temblaron e impresionados por la temible majestad del lugar creían que, si herían a los árboles sagrados, las hachas se volverían contra sus propios miembros. [...]”

La Galia  es conquistada y la civilización occidental se traslada hasta el Rhin y el Danubio,  durante ochocientos años. Otros pueblos resistirán el empuje de las ciudades, la agricultura y la civilización, los pueblos germanos. Se producen grandes batallas como la del Bosque de Teotoburgo, con el héroe nacional alemán, Herman, que lucha y vence,  en este medio natural intacto, que aparece como aliado frente a los romanos.

Julio Cesar describe el país que hay tras esta nueva frontera, lo que hoy es Alemania, y dice que la selva a partir de los Alpes “tiene de ancho nueve largas jornadas; sin que se pueda explicar de otra suerte, pues no tienen medidas itinerarias. No hay hombre de la Germania conocida que asegure haber llegado al principio de esta selva aun después de haber andado sesenta días de camino, o que tenga noticia de dónde nace. Sábese que cría varias razas de fieras nunca vistas en otras partes”.

Tácito, otro autor romano añade que “la tierra de estos bárbaros, aunque hay diferencia en algunas partes, es universalmente de vista horrible por los bosques, y fea y manchada por las lagunas que tiene.”

Carlomagno en el siglo VIII introduce, tras largas luchas, todo el centro de Europa en la órbita del cristianismo y de la cultura occidental, talando los bosques sagrados de los sajones y sobre todo su Santa Sanctórum el árbol espiritual que sostenía la bóveda celeste, llamado Inmirsul y convirtiéndolo en un pueblo asimilado, al que se le imponen leyes feudales, un nuevo panteón religioso y una ruptura con sus tradiciones.

El afán de conocer, de dominar, también de enriquecimiento va rompiendo los límites de los mapas, desde la antigüedad, y ya en los s. XV al XIX, el mundo se escrudiñar en todos sus rincones. Los exploradores españoles de aquella época, buscando oro, cruzaron océanos, subieron a los Andes y cruzaron selvas que, en su imaginación estaban pobladas de enanos y gigantes. Aunque el miedo esta presente siempre y así lo manifiestan, les impulsa la voluntad de afrontar todas las adversidades, iban tras un sueño de descubrir, de comprender y de mejorar sus vidas.

Colón en su “Diario Del Primer Viaje” deja ver fácilmente cómo su imaginación se deja arrastrar por el mundo que observa: “La mar llana como un río y los aires los mejores del mundo… el cantar de los pájaros es tal que parecen que  nunca se querría partir de aquí, y las manadas de papagayos oscurecen el sol”.

“Del cual cabo vi otra isla al oriente, a la cual luego puse nombre la Española y fui allí, y seguí la parte del septentrión, así como de la Juana, al oriente ciento é ochenta y ocho grandes leguas, por linea recta, la cual y todas las otras son fertilísimas en demasiado grado, y ésta en extremo: en ella hay muchos puertos en la costa de la mar sin comparación de otros que yo sepa en cristianos, y farto rios y buenos y grandes que es maravilla: las tierras della son altas y en ella muy buenas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la isla de Teneryfe, todas fermosísimas, de mil fechuras, y todas andables y llenas de árboles de mil maneras y altas, y parecen que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la foja, según lo pude comprender, que los vi tan verdes y tan hermosos como son por mayo en España. Y dellos estaban floridos, dellos con fruto, y dellos en otro término, segun es su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pajaritos de mil maneras en el mes de noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o de ocho maneras, que es admiración verlas, por la deformidad  fermosa dellas, mas así como los otros árboles y frutos é yerbas: en ella hay pinares á maravilla, é hay campiñas grandísimas, é hay miel, y de muchas maneras de aves y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas minas de metales é hay gente in estimable número”.

En muchos de los relatos de esa época predomina la exaltación frente a la exuberancia del ambiente natural: se habla de playas llenas de perlas, de la infinita variedad de árboles y animales, que para los españoles resultaba difícil de comparar con lo que conocían.

La misma imagen de la naturaleza desbordante se ofrece en la carta que Américo de Vespuccio dirigió a Lorenzo de Medici en 1500: “Los árboles son de tanta belleza y tanta blandura que nos sentíamos estar en el paraíso terrenal, y ninguno de aquellos árboles ni sus frutos tenían semejanza con los de estas partes, y por el río vimos muchas clases de peces de variadas formas”.
“La tierra de aquellos países es muy fértil y amena, y abundante de muchas colinas, montes e infinitos valles, y regada por grandísimos ríos y salubérrimas fontes, y copiosamente llena de dilatadísimas selvas densas, y apenas penetrables, y de toda generación de fieras. Árboles grandes arraigan allí sin cultivador, de los cuales muchos frutos son deleitables al gusto y útiles a los humanos cuerpos, otros verdaderamente al contrario, y ningún fruto es allí semejante a los nuestros. Se producen allí innumerables especies de yerbas y raíces, de las cuales hacen pan y óptimas viandas, y tienen muchas simientes absolutamente disímiles de éstas nuestras. Ninguna especie de metal allí se encuentra, excepto oro, el cual en aquellos países abunda, aunque nada de ello hemos traídos nosotros en esta nuestra primera navegación; y de esto nos dieron noticia los habitantes, los cuales nos afirmaban que allá tierra adentro había grandísima abundancia de oro y que entre ellos no es estimado en nada ni tenido en aprecio. Abundan las perlas, como otras veces te he escrito: si quisiera recordar todas las cosas que allí hay y escribir sobre las varias generaciones y multitud de animales, sería cosa de todos modos prolija y considerable. Y creo ciertamente que nuestro Plinio no haya tocado la milésima parte de la generación de los papagayos y del resto de los otros pájaros e igualmente animales que están en aquellos mismos países con tanta diversidad de figuras y de colores, que Policleto, el artífice de la perfecta pintura, habría fracasado en pintarlos. Todos los árboles allí son olorosos y mana de cada uno goma, o bien aceite, o bien cualquier otro licor, de los cuales, si las propiedades nos fueran conocidas, no dudo que a los humanos cuerpos serían saludables. Y ciertamente si el Paraíso Terrenal en alguna parte de la tierra está, estimo que no estará lejos de aquellos países. De los cuales el lugar, como te he dicho, está al mediodía, en tanta templanza de aire que allí nunca se conocen ni los inviernos helados ni los veranos cálidos…”

La exploración del Amazonas buscando El Dorado, fue una de las mayores hazañas de toda la historia de la Conquista española. Al mando del capitán Orellana la expedición se adentran en lo que describen como: un terrible infierno verde una opresiva selva en busca de oro y nuevas tierras que anexionar a los ya extensos dominios de la Corona, miles de kilómetros entre una espesa jungla, acosados por el calor y la humedad, los insectos y los belicosos indígenas que pueblan sus márgenes, desconocidas hasta entonces. Solo 54 hombres culminan, el descubrimiento del enorme rio hasta su desembocadura en el océano Atlántico.

Los indígenas por el contrario, integrados en su medio, ven su entorno desde otro punto de vista, una visión que hoy podríamos calificar casi como ecologista. Los bosques lo impresionan por  su belleza y por lo grandioso. Se mueve con facilidad entre brumas y nieblas, no se escuchan ni sus pisadas sobre las hojas secas. Los bosques ofrecen sus frutos, plantas medicinales, refugio y  animales que cazar.

Profundamente integrada en su entorno natural, la vida del nativo transcurría en un diálogo permanente con todos los elementos de la naturaleza. Para él, todo en ella tenía un espíritu, los fenómenos naturales, animales, el viento, la nube, el rayo...eran encarnaciones de fuerzas superiores, que podían ayudarle o destruirle, según fuera su actitud para con ellas

Hay un largo e ilustrativo relato indígena de Norteamérica que empieza: “Para todos los pueblos de la Tierra, el Creador ha plantado un Árbol Sagrado, para que se junten bajo su sombra. Es aquí donde la gente encuentra la sanación, el poder, la sabiduría y la seguridad. Las raíces de este Árbol se extienden y penetran profundamente en el cuerpo de la Madre Tierra. Sus ramas se alzan como manos que oran al Padre Cielo. Los frutos del Árbol son las cosas buenas que el Creador ha otorgado a su pueblo: el amor, la preocupación por los demás, la generosidad, la paciencia, la sabiduría, la equidad, el coraje, la justicia, el respeto, la humildad y muchos otros dones preciosos.

Los mayores nos enseñaron que la vida del Árbol es la vida del pueblo. Si el pueblo se aparta mucho de la seguridad del Árbol, si olvida comer sus frutos, o si se vuelve contra el Árbol y lo trata de destruir, una gran tristeza caerá sobre él. Muchos se afligirán. La gente perderá su poder. Dejará de soñar y de tener visiones. Empezará a discutir por trivialidades. Ya no sabrán decir la verdad ni ser honestos los unos con los otros. Olvidarán cómo vivir en su propia Tierra. Sus vidas se llenarán de ira y tristeza. Poco a poco, se envenenarán a sí mismos y a todo lo que tocan. Los que nos precedieron dijeron que estas cosas sucederían, pero también dijeron que el Árbol no moriría jamás. Y mientras viva el Árbol, vivirá el pueblo.”        

Una visión parecida manifiesta el jefe siux, Oso Erguido:  “Nosotros no creíamos que las praderas infinitas, las hermosas colinas y los susurrantes arroyos rodeados de enmarañada maleza fueran «salvajes». Sólo el hombre blanco creía en la «naturaleza salvaje» y sólo él creía que la tierra estaba llena de animales «salvajes» y de pueblos «salvajes».

Para nosotros la naturaleza estaba domesticada. La tierra era pródiga y nos rodeaban las bendiciones del Gran Misterio. Hasta que llegó el hombre peludo del este y empezó a infligirnos con frenética brutalidad, a nosotros y a nuestros seres queridos, injusticia tras injusticia, la tierra no fue nunca «salvaje» para nosotros. Cuando los animales del bosque empezaron a huir del hombre blanco fue cuando empezó para nosotros el «Salvaje Oeste».”

La civilización, siempre ha buscando extenderse, y casi siempre destruyendo, tenemos mucho que aprender de la relación de respeto de los pueblos indígenas con su entorno, para conservar lo que queda de las selvas, praderas,  ríos y océanos.  

En el siglo XIX se coloniza África por parte de las potencias europeas,  y en el principio del XX se llega al Polo Norte y Sur, y a las cumbres del Himalaya.

Conforme van disminuyendo los espacios inexplorados, va surgiendo una literatura que los retrata más y más para el gran público, como cubriendo una añoranza o aspiración profunda. A nuestra época se le ha privado de la posibilidad de esta épica del descubrimiento, no dejaron espacios que explorar.

Y como en la sociedad siempre hay personas que aspiran a ser participes de algo importante, de ser los primeros en algo, de cosas que se convierten en historia, esto hace que proliferen en los siglos XVIII y XIX, la novela en sitios exóticos, de aventuras, autores como Kipling, Salgari, Stevenson, entre muchos que retratan siempre una naturaleza intacta y las posibilidades vitales que ofrece. Unos ejemplos, de los que se podrían traer a colación innumerables, la descripción que hace Salgari, en una de sus novelas, de uno de estos espacios:

“El Ganges, el famoso río loado por los indios antiguos y modernos, cuyas aguas son consideradas sagradas por estos pueblos, después de haber atravesado las nevadas montañas del Himalaya y las ricas provincias de Delhi, Uttar Pradesh, Biliar y Bengala, a doscientas veinte millas del mar se bifurca en dos brazos formando un delta gigantesco, intrincado, maravilloso y quizás, en su género, único en el mundo. La imponente masa de agua se divide y subdivide en una multitud de riachuelos, canales y pequeños canales que accidentan, de todos los modos posibles, la inmensa extensión de tierra comprendida entre el Hugli, el verdadero Ganges y el golfo de Bengala. De aquí que se formen una infinidad de islas, islotes y bancos que hacia el mar reciben el nombre de sunderbunds. Nada más desolador, extraño y espantoso que la vista de estas sunderbunds. Ni ciudades, ni poblados, ni cabañas, ni un refugio cualquiera; desde el sur al norte y desde el este al oeste no se divisan más que inmensas extensiones de bambúes espinosos cuyos altos vértices ondean bajo el soplo del viento, apestadas por las emanaciones insoportables de millares y millares de cuerpos humanos que se pudren en las envenenadas aguas de los canales. Durante el día reina, soberano, un silencio gigantesco, fúnebre, que infunde pavor a los más audaces; durante la noche, por el contrario, lo hace un estruendo horrible de gritos, rugidos, aullidos y silbidos que hiela la sangre. Nadie osa adentrarse en estas junglas, sembradas de pestilentes charcas, porque están pobladas por serpientes de toda especie, tigres, rinocerontes e insectos venenosos.”

O la reflexión de un personaje de Julio Verne: “Observa la marcha de los acontecimientos; considera las migraciones sucesivas de los pueblos y llegarás a la misma conclusión que yo. ¿No es verdad que Asia es la primera nodriza del mundo? Por espacio tal vez de cuatro mil años, trabaja, es fecundada, produce, y después, cuando no se ven mas que piedras donde antes brotaban las doradas mieses de Homero, sus hijos abandonan aquel seno agotado y marchito. Entonces se dirigen a Europa, joven y vigorosa, que los está alimentando desde hace ya dos mil años. Pero su fertilidad se agota; sus facultades productoras disminuyen de día en día; esas enfermedades nuevas que atacan cada año los productos de la tierra, esas malas cosechas, esos recursos insuficientes, todo ello es indicio cierto de una vitalidad que se altera, de una extenuación próxima. Así es que ya vemos a los pueblos precipitarse a los turgentes pechos de América, como a un manantial que no es inagotable, pero que aún no está agotado. A su vez, el nuevo continente se hará viejo: sus bosques vírgenes desaparecerán bajo el hacha de la industria; su suelo se debilitará por haber producido en exceso lo que en exceso se le ha pedido; allí donde anualmente se recogían dos cosechas, apenas saldrá una de esas tierras al límite de sus fuerzas. Entonces África ofrecerá a las nuevas razas los tesoros acumulados por espacio de siglos en su seno.”

Por último quiero recordar a Joseph Conrad, que me ha inspirado estas cavilaciones y recopilación de textos, cuando leí una sus novelas, El corazón de las tinieblas. El personaje principal se adentra en el corazón del continente africano, y empieza recordando en el estuario del Támesis, en Londres, que:”Estaba pensando en épocas remotas, cuando llegaron por primera vez los romanos a estos lugares, hace diecinueve siglos... el otro día... la oscuridad reinaba aquí aún ayer. Imaginad los sentimientos del comandante de un hermoso... ¿cómo se llamaban?... trirreme del Mediterráneo, destinado inesperadamente a viajar al norte. Imaginadlo aquí, en el mismo fin del mundo, un mar color de plomo, un cielo color de humo, una especie de barco tan fuerte como una concertina, remontando este río con aprovisionamientos u órdenes, o con lo que os plazca. Bancos de arena, pantanos, bosques, salvajes. Sin los alimentos a los que estaba acostumbrado un hombre civilizado, sin otra cosa para beber que el agua del Támesis. Ni vino de Falerno ni paseos por tierra. De cuando en cuando un campamento militar perdido en los bosques, como una aguja en medio de un pajar. Frío, niebla, bruma, tempestades, enfermedades, exilio, muerte acechando siempre tras los matorrales, en el agua, en el aire.”

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