Antuan Palacios

La valla del Parque de los Hermanamientos, ese enigma.

por 17 de enero de 2013, 1121 visitas
Un parque. Este es el pueblo que quería un parque. Lo decía una
campaña que consiguió un eco considerable y que patrocinaba un grupo
ecologista local.

Recuerdo muy muy vagamente aquel primero que existió ocupando lo que
hoy es la Plaza de Andalucía, donde ahora está el Ayuntamiento. No
conservo en mi memoria detalle alguno de su aspecto y solo dispongo de
una foto que constata la realidad de que sí estuve allí.

Durante muchos años después no tuvimos nada parecido a un verdadero
parque y envidiaba (sanamente) los que tenían en Utrera o en Sevilla,
por ejemplo, y que visitaba con cierta frecuencia por su cercanía.
Convencido entonces de que carecíamos de un área de ocio saludable que
podría reportar muchas ventajas a los que fueran sus usuarios y al
pueblo en su conjunto aunque solo fuera como mera zona verde, también
era partidario de reivindicar activamente nuestro derecho a contar con
dicho espacio como una verdadera necesidad general.

Llegó el día en que, al fin, podíamos disfrutar del espléndido Parque
de las Marismas, espacioso y acogedor a la vez. Cien mil metros
cuadrados de parque. Bien ubicado y con un diseño acertado que
pretendía tener en cuenta todas las opciones posibles para su
disfrute, tanto para los más pequeños como para sus mayores. Pienso
que se trataba de una magnífica obra que atendía perfectamente una
necesidad real y reclamada razonadamente prácticamente por todos. La
administración competente (no recuerdo bajo qué equipo de gobierno
local se proyectó o ejecutó la misma) se hacía por fin eco de esa
necesidad y su puesta en funcionamiento cumplía con creces las
expectativas.

Pocos años después de la apertura del Parque de las Marismas,
contamos, en el otro extremo del pueblo, con el Parque de los
Hermanamientos. Ahora ya tenemos dos. De momento. (No incluyo como
urbano el del Puente Verde porque me resulta particularmente lejano y
desconocido. Mea culpa, por supuesto).

Se inauguró, a bombo y platillo, el Parque de los Hermanamientos. Un
gran sitio, del que disfruto. Reconozco que me gusta el Parque. Lo
visito y me sienta bien el tiempo que empleo en ese espacio. Da igual
que sea en mis lecturas, en caminar o en correr (el día que puedo).
Tanto si tomo un café o si solo descanso o si únicamente veo a la
gente. Me parece que tiene fundamentos suficientes para cargar
determinadas pilas.
Sobre las razones que justifiquen la inversión, si había una verdadera
necesidad, la oportunidad o no de su construcción una vez que ya
contábamos con el de Las Marismas, sin duda hay opiniones más que
encontradas, como para otras tantas cosas. Hay quienes no dudan en
considerarlo un dispendio innecesario, un affaire más en la lista de
supuestos derroches cometidos durante una época tachada al menos de
presuntamente sospechosa. Y que si se pagó o si se dejó de pagar. Hay
otros que bendicen la iniciativa y que se apuntan voluntariamente a
tocar el bombo y los platillos que sean precisos para celebrarlo como
una estupenda obra de casi ochenta mil metros cuadrados. Y es
saludable y constructivo poder poner sobre la mesa las distintas
posibilidades de opinión sobre cualquiera que sea la cuestión de que
se trate. Es mejor sin censuras. Pero no estoy ahora para hablar de
los aspectos escabrosos del tema.

Lo cierto, lo que quería contar, es que uno va al todavía flamante
Parque de los Hermanamientos y llama poderosamente la atención que,
aparte de los asiduos visitantes del interior del recinto, al cabo del
día cientos de personas (muchos más evidentemente durante los fines de
semana) y bien corriendo, bien andando, igual hombres que mujeres,
tanto jóvenes como mayores, desde los primeros momentos del alba y
hasta casi que se hace de noche, dan cuenta de su perímetro. Pero es
que lo curioso es que lo recorren por fuera. Misterio. Son como
extraños peregrinos enfilados a algún destino incierto. Será que van
de promesa? Pasean el continente y no el contenido. Pese a todo.
Disfrutan de la carretera y de las aceras que lo circundan. De los
camiones que circulan por las proximidades del polígono, de los
eternamente aparcados y de los encantos de la gasolinera. Muchísimos
de ellos ni siquiera llegan a entrar en el recinto del parque. No es
posible. ! Pero si el parque está dentro ! Pero si lo bueno es el
verde, el césped, el árbol, el banco, el camino, el aire más limpio,
la ausencia de contaminación, el no ruido.

Ahora resulta que para muchos lo mejor estaba en la valla. Solo
necesitaban una valla. Dios santo. El culto a la valla.
Particularmente no veo que tenga sentido, aunque tampoco ignoro que
seguro que tendrá muchas coartadas. En definitiva, es que el pueblo
nunca dejará de ser sabio. Amén.

Los Palacios quiere un parque.   O nos habríamos conformado solo con la valla ?.

Bueno, esto es solo el relato de una simple anécdota, sin más pretensiones.

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