Francisco Amador

Los ismos de Wert: del eufemismo al fascismo

por 16 de enero de 2013, 581 visitas
Artículo de opinión sobre el Ministro de Educación, la comunidad educativa y la suspensión de la charla. Creo que es interesante reflexionar sobre lo ocurrido desde todas las perspectivas y ángulos posibles. Yo opino desde el mio.
En un alarde de imaginación el Ministro de Educación, José Ignacio Wert, llamó el pasado lunes “fascistas” a cientos de estudiantes, por expresar estos, justo antes de que comenzara la charla “El reto de la educación”, en el Hotel Los Lebreros de Sevilla, su disconformidad con la política educativa del Gobierno. A los ya conocidos eufemismos que la política nos regala cada día, el ministro añadió uno más a la extensa lista para denominar a aquellas personas que defienden sus derechos, a las que protestan y se hacen oír ante el silencio mediático. Pero todo esto no es más que una pose para decir aquí estamos. ¡Vaya!, que “boicotear” el acto, como lo llama el organizador de la charla, es a la educación lo que “robar unos carritos de comida en el Mercadona” al hambre, un simple gesto de fuerza, de rabia, de descontento social, de indignación y de estar hasta los mismísimos de aguantar las medidas que impone el Gobierno del Estado a golpe de autoridad. Lo que se conoce de toda la vida como “fascismo”.

Llamar “fascistas” a un grupo de jóvenes y, a continuación, manifestar que España necesita una urgente reforma educativa ante estos actos de protesta, es lo más parecido al fascismo que conocemos los que no sufrimos a Franco. La RAE, define fascismo en su tercera acepción como: “actitud autoritaria y antidemocrática que socialmente se considera relacionada con esos movimientos”. Es evidente que los estudiantes no actuaron de forma autoritaria ni antidemocrática, porque después de pasar varios controles policiales su único armamento eran gargantas con proyectiles de rabia. Ni lesionaron el derecho a expresarse libremente del Ministro, porque para eso ya estaban los micrófonos de los medios de comunicación, donde los pudo calificar de “fascistas”. En cambio, raramente un estudiante puede acceder a expresarse libremente por cualquier medio de difusión  convencional, salvo alboroto multitudinario. Exceptúen las redes sociales.

Pasado unos días, y al tanto de la actualidad que asola al Estado, contemplo situaciones grotescas para las que también se han buscado nuevos eufemismos, sin motivo alguno, porque quizás Wert ya añadió el definitivo a la lista para adjetivar la política del Gobierno del Estado. Y es que cerrar urgencias 24 horas en Castilla la Mancha, gobernada por el Partido Popular, es “reorganizar la sanidad”, cuando ese golpe de autoridad, violación de la Constitución y lesión del derecho del ciudadano a la sanidad pública bien se podía haber denominado por el termino ya acuñado por Wert, “fascismo”.

Desde que tengo uso de razón vengo escuchando la repetida cantilena de nuestros mayores con la que reprochaban a los más jóvenes la apatía, la pasividad y el desinterés por los problemas , en cada momento diferentes, con el que pasaban los días. Siempre se les ha echado en cara el vivir como marqueses, el tener la vida resuelta y el no luchar por nada. Borrachos, vividores y vagos son algunos de los calificativos estereotipados con los que los jóvenes han tenido que convivir en los últimos lustros, donde el bienestar acomodó a muchos. Pero ahora resulta, que cuando el sector de la población  más perjudicado por la crisis, con la mayor tasa de paro de Europa y del Estado Español levanta la voz, se hace escuchar y deja de ser invisible, se les llama “fascistas”. ¡Ahora!

Los ismos de Wert sólo acarrean tensión y rechazo, porque su visión de la educación está caduca y cada movimiento de su ministerio hace temblar los cimientos del maltrecho sistema educativo. Tuvo una buena oportunidad de lanzar un mensaje de reconciliación a los estudiantes el lunes, cuando harto de recibir improperios se suspendió la charla y fue a hacer algunas declaraciones en la trastienda. Prefirió la descalificación y lanzar un órdago a una masa social cada vez más perjudicada por sus medidas, pero también más unida y organizada que nunca. Tuvo la ocasión, ante el humillante fracaso de su charla, de recapacitar, pedir perdón y ofrecer una vía al diálogo con profesores, rectores, padres y alumnos. Sin embargo eligió retar a la comunidad educativa.

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