Manuel Visglerio

La tasca del "Ligero"

por 22 de abril de 2013, 476 visitas
Este es un pequeño homenaje a nuestros abuelos y a las pocas tascas que van quedando. Los apodos casi todos son conocidos aunque los personajes son imaginarios, salvo el médico y el cura, los que peinan canas saben quienes son. La tasca ya la conocen si han leido en Manchonerias, "Joselito Carapapa" y "Frasquito"
La taberna de Paco el “Ligero” daba a la calle del Pozo Dulce, que era adonde daban las traseras de las casas de la calle de Utrera que miraban al norte. La calle tomaba su nombre de un antiguo pozo cegado del que los vecinos del barrio, hasta hacia algunos años, se abastecieron. Paco, al que siempre le gustó el nombre de la calle, le puso al negocio “La Taberna del Pozo Dulce”, aunque todo el mundo la conocía en Marismas como la “Tasca del Ligero” o la “Tasca de Paco”.

La “Taberna del Ligero”, tenía una fachada ancha con dos ventanas alargadas y una puerta de dos hojas. Las ventanas tenían rejas salientes de forja y unos guardapolvos pintados de almagra de los que pendía una estera que paraba los rayos del sol. Una celosía colocada delante de la puerta, a manera de biombo, protegía la taberna de las miradas de los curiosos al tiempo que dejaba pasar los aires de la calle y del patio trasero para que se llevaran con ellos los malos humos y los malos tufos; una mezcla de olores a leña quemada, vinagre y humo de tabaco.

La taberna era alargada, a la izquierda, sobre la pared medianera descansaban una hilera de nueve toneles que arrancaba desde el suelo con cuatro barricas en la solera. Frente a los toneles, en la pared opuesta, una chimenea presidía la estancia; el paño, encalado de blanco como el resto de la nave desde el techo hasta un zócalo bajo de ladrillos corianos, estaba repleto de aperos del campo, como si la nave fuese la sala de un museo agrícola. Sobre las alcayatas pendían faroles, guadañas, yugos, bocados, serones de esparto, hierros de marcar, horquillas, rejas, almocafres y un sin fin de artilugios, comidos de polvo y de telarañas, que le daban al garito un sabor rústico y antiguo.

Bajo los aperos, adosadas al zócalo y en torno a la chimenea, media docena de mesas de madera con taburetes copaban el espacio libre hasta los bocoyes, delante de los cuales, sobre las losetas de ladrillos prensados, se extendía una estera de esparto ennegrecido por las goteras de los grifos de las botas, del que ascendían los olores del mosto avinagrado.

Al fondo de la nave tenía Paco sus dominios. Una barra de mampostería labrada con ladrillos finos, decorada con un mural de cerámica de manzanilla “Las Medallas” y una tapa de pino barnizada imitando la caoba. El apodo de el “Ligero” se lo ganó Paco a pulso detrás del mostrador por lo diligente que era para servir al personal. Paquito como le decían desde siempre, a pesar de que estaba cerca de los sesenta años, no paraba nunca mientras tenía abierta la taberna. Se movía como el vértigo, del mostrador a los bocoyes y de los bocoyes a las mesas. Tan pronto rellenaba botellas de mosto,  como servía aceitunas, chochos o avellanas. Paco, como si fuera un moscardón, casi volaba de una mesa a otra despachando las demandas de la clientela al grito de: ¡marrrr…chando!

No paraba nunca, e incluso en los momentos de pausa en los que no servía, se aplicaba en refregar la bayeta de forma compulsiva y casi enfermiza sobre las tablas del mostrador, que relucían siempre impecables sin una marca ni un rastro de suciedad, salvo cuando con la tiza, que siempre llevaba en la oreja como si fuera el lápiz de un carpintero, marcaba con palotes las copas que iba rellenando. Anotaba cada una ellas en un lugar del mostrador, como si la encimera fuera el plano de la taberna y en él se reflejaran todas las mesas y todos los taburetes donde se sentaba el personal. Eso ocurría los fines de semana que era cuando más gente entraba y más copas se servían, porque a diario la clientela era la de siempre, y desde hacía más de quince años siempre tomaba lo mismo. Los fieles eran Paco el “Garullo”, Juan el “Espelucao”, Manuel el “Tresloreslo”, Julio el “Rubio”, Manuel el “de la Casilla”, Fernando el “Legionario” y Curro el “Pelicano”, un grupo de jubilados que no faltaban nunca a la cita diaria salvo cuando los recluían en sus casas los achaques y los males. Eran los que iban quedando de una generación que no se acostumbraba a las novedades de los bares modernos. Siempre eran los mismos y siempre ocupaban los mismos taburetes y las mismas mesas. ¡Pasara lo que pasara!  

- ¿Sabe alguien el tiempo que dan pa mañana? – preguntó el “Garullo”.
- Anoche en la tele, dijo Mariano Medina que nubes y claros – dijo el “Tresloreslo”.
- ¿Y a esa joia mierda le echas tu cuenta, que na más acierta cuando pinta soles en el mes de agosto? – gruñó el “Garullo”, contrariado.
- ¡Coño Paco, tan poco es pa ponerse así! – dijo el “Tresloreslo”. ¡Tú has preguntao y yo te he respondío!

En ese momento entraron por las puertas de la taberna Juan el “Espelucao” y el  “Pelicano!
- ¡Hombre Juan – dijo el “Garullo”, has venío como el aceite a las espinacas! ¿Qué dicen pa mañana las cabañuelas?
- ¡Agua! – sentenció el “Espelucao” en voz alta y arrastrando el agua sin mirarle la cara a nadie mientras se dirigía como un autómata hacia la barra a recoger su medio litro, que Paco el “Ligero” hacía un rato le había preparado anticipándose a su llegada. Cogió la botella y el vaso y se apalancó en su mesa, la que estaba en la ventana junto a la puerta.
- ¿Eso como va a sé? – cuestionó el “Garullo” molesto por la respuesta.
- ¡Po va sé, porque lo dicen las cabañuelas! – dijo el “Espelucao”.
- ¡Po el año pasao por estas fechas no llovió! – reprochó el “Garullo”.
- Pero vamos a ve “Garullo: ¿tú tienes que ir mañana a regabiná, o qué? – le preguntó el “Tresloreslo”.
- ¡No hombre, no! Es que tengo que ir con mi hija a la Residencia pa hacerme unos analices, y el Amarillo para mu lejos! – le explicó el “Garullo” al personal.
-¿Analices? – dijo Paco desde la barra. ¡Pero si tienes setenta años y vas a enterrar a medio pueblo!
- ¡Setenta, no! Setenta y dos – rectificó Paco el “Garullo”.
- ¿Po tú sabes lo que te digo, “Garullo”? – le dijo el “Tresloreslo” desde su mesa del fondo, -que yo que tú no me hacía los analices. ¡Porque seguro que te sacan argo! Y como te saquen argo, olvídate del mosto, del tabaco y de la taberna!
- ¡Eso es lo que digo yo! Pero mi Manoli, ha llamao a Don Bartolomé porque dice que me estoy queando mu dergao. Y Don Bartolomé, ¿qué es lo que va hace? ¡Po mandarme a Garcia Morato, que es  lo que ella quiere!
- ¿Pero tú por qué la dejas que llame a Don Bartolomé, hombre? – le recriminó Julio el “Rubio”, que acababa de levantar la cabeza mientras leía la “Hoja de Lunes”; el único periódico que entraba en la tasca y porque traía las crónicas del fútbol.
- ¡Mira el que va habla! El “Rubio”, que es un pescuezo meao, que hace un siglo que no viene a la taberna porque no lo deja la muje! – le espetó a la cara Curro el “Pelicano”.
- De pescuezo meao na, Curro, que tú sabes que no he venío por culpa de la úlcera –se defendió el “Rubio”
- Sí hombre, ya sabemos que has estao cagando negro como las cabras una buena temporá – dijo entre carcajadas el “Tresloreslo”.
- ¡Será cabrón! – respondió el “Rubio” mientras entraba por las puertas Fernando el “Legionario”.
- ¡Buenos días a todos, menos a uno! – dijo Fernando saludando a los presentes mientras se dirigía a su mesa. Al tiempo, Paco salía de la barra para llevarle su copita de mistela y un plato con avellanas. El “Legionario” siempre usaba la misma fórmula, sin aclarar a quien excluía del saludo y sin que nadie se diera por aludido después de tantos años de escucharla. Antes de sentarse en el taburete, el “Espelucao” le preguntó con retranca, como si estuviera esperando al acecho que llegara para largárselo:

- ¿Fernando, tu no decías que Franco no le pegaba a la gente del campo? Po ma’dicho Pepe el “Guardia” que el otro día los civiles le pegaron una jameluza a la gente del campo cerca de Lebrija.
- ¿Gente del campo? ¡Gente del campo! ¡Esos serían cuatro comunistas y medio! Algo habrán hecho, porque los civiles no le pegan al que va por derecho  – respondió el “Legionario”.
- Fernando, estás tú como el cura cuando fuimos a pedirle que sacara a la Patrona pa que lloviera. ¿Te acuerdas, no? ¿Te acuerdas lo que dijo?: “¿Agua? ¡Lo que tiene que llover es candela, mancha de comunistas, que no venéis nunca a misa!” – le dijo socarronamente el “Espelucao”.

El “Garullo”, mientras los dos discutían como casi todos los días sobre lo mismo, se apoyó en la garrota y se levantó de su banco para marcharse.
- “Espelucao”, ¡eso no viene a cuento! –contestó molesto el “Legionario”. Además, ¿sabes lo que te digo? Que si eso es verdad, que lo dudo, esas cosas de la Guardia Civil son culpa del ministro. ¡De eso Franco seguro que no sabe na!
- Paco, llénale una copa a esta gente y me la apuntas – dijo el “Garullo” desde la puerta. -Señores, condió, tomársela a mi salud que lo mismo mañana me quitan del mosto!
- ¡No será pa tanto, “Garullo”, no será pa tanto…! – dijo alguien, mientras el “Garullo” se giraba lentamente y salía de la tasca.
Manuel Visglerio Romero.
 

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