Romero Agüero

Ave Fenix II

por 03 de mayo de 2013, 387 visitas
Sobre el ser, el dejar de ser y en recuerdo de los que ya no están.
?Leí hace tiempo que Rafael Alberti en su venerable ancianidad escribía, que a sus 89 años vivía una espléndida etapa, sólo comparable a las mejores de su vida, rodeado de afecto y olor a mar, que no quería dejar de disfrutar de los colores que aparecían en su patio, “con esa joven araucaria recién plantada que comienza a erguirse en mi jardín, con esas ramas de álamos machadianos derramándose sobre la ventana”.
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?Dicen que no hay dolor más grande que saber que la propia muerte está cerca o que has perdido a los que son de tu sangre, porque en uno u otro caso ya se está muriendo parte de uno mismo, y el deseo anhelado de retener la vida es tan grande, como la impotencia ante la imposibilidad de la pretensión. Al fallecimiento de un ser querido siguen periodos de luto, de negación, de amargura. El primer periodo hace de los días un ritual, velatorios, ceremonias, permanecer en casa recibiendo riadas de visitas de pésame. Tender la mano, besos, más besos, más manos. Aunque parezca difícil, esto consigue mantener ocupado el pensamiento y la atención, viene a ser un elaborado paliativo consuetudinario de la angustia. Después los familiares reanudamos nuestras actividades normales evitando asistir a espectáculos y diversiones…y al final el luto se termina. El abatimiento moral por la ausencia, cede en más o menos tiempo, a la nostalgia, y finalmente la desesperación se diluye. Es el resurgimiento tras la aceptación, nuevamente el fénix que renace de entre las pavesas.
 
?Otros escritores y filósofos a veces enaltecen la muerte, pero cualquiera puede comprobar que, salvo amargas excepciones, todos hacen todos los esfuerzos posibles para permanecer vivos. Las personas por muy ancianas que sean, por muy enfermas que se encuentren nos aferramos a la vida con determinación, es nuestra herencia genética, la supervivencia ante todo. “Así que el niño desea ser mozo y el mozo ser viejo y el viejo, más aunque con dolor. Todo por vivir…”, (Fernando de Rojas).
 
?Ante esta fatalidad, las mitologías buscan causas, soluciones y comparaciones, que dote de sentido, a lo que no lo tiene: sería la vida como la cuerda que trenzaron los dioses, como la vela que se consume poco a poco, y cuyo fin está marcado desde el Principio, su brevedad nos llena de ira y temor.

Tolkien pone en boca de su chaman más famoso: "¿Final?. El viaje no concluye aquí. La muerte es otro sendero que recorreremos todos. El velo gris de este mundo se levanta y todo se convierte en plateado cristal. Es entonces... cuando se ve... La blanca orilla, y más allá la inmensa campiña verde tendida ante un fugaz amanecer"

 Y es que nos gusta mantener a la muerte como un enigma, y hasta como un enigma benigno, porque su significado lógico nos resulta inaceptable, no hay nada antes del nacimiento ni después de la muerte. La inmortalidad aún no se ha inventado, y la Naturaleza, que tan poco equitativa se muestra siempre, tiene el hermoso y democrático rasgo de distribuir la muerte con igualdad libertaria, allá van reyes y grandes de la Tierra, bajando a la tumba como el ultimo de los pordioseros, regresamos todos, los buenos, los malos, al seno materno, para rodar a través de la Eternidad en compañía de piedras, rocas y ceniza.

?Otro planteamiento es el que inconscientemente hacemos en las fiestas de los difuntos o el que llevan a cabo las empresas de servicios funerarios, vanalizar y simbolizar el Hecho. Recuerdo que no hace mucho leí en un tanatorio, una revista del ramo que en su propaganda afirmaba cosas tan extrañas como que son capaces de perpetuar la compañía del ser querido haciendo un diamante con el carbono de sus cenizas, o que nos dan consuelo mediante los avances de la tanatoestetica, o incluso llegan a ofrecer la posibilidad de un largo crucero para deshacernos de las cenizas del difunto en un escenario incomparable.  En fin, explicaban que pretenden dar un servicio de excelencia, un circulo de calidad. Y no se vislumbra en esta publicidad ni atisbo de  utilidad de planteamientos trascendentes, pretenciosos, ni neuróticos. Da que pensar, teniendo en cuenta que ellos pueden ser los que más saben de del tema.

?Desde la infancia nos vamos preparando malamente para acercarnos a ese fin. En las largas tardes de verano, en el silencio de la siesta, en nuestro pueblo, recuerdo que los chiquillos contaban historias de miedo, se oían siempre los grillos y chicharras. Sentados en el suelo, aceras y umbrales, desfilaban presencias del más Allá, martinitos, o demonios. El olor de las hojas de las tomateras impregnaba los carros aparcados ante las casas con techo de pasto. Por la noche con la luz tenue de una bombilla en la tasca, los manchoneros apuraban medios litros de vino, observados por tiñosas rampantes en los jastiales. Casi todos aquellos hombres hechos de trabajo y hambre se fueron ya, sólo quedamos nosotros, sus hijos y nietos. Los echamos de menos, pero en cierto sentido no se fueron, siguen siendo nosotros y esta tierra no deja de ser esta tierra.
 
?Con los años vamos perdiendo seres queridos, nuevos acercamientos al vacío. Este atroz aprendizaje dura lo que la propia vida, ya lo han dicho muchos: la vida no es más que una preparación para la muerte. La filosofía y la religión también van preparándonos para este hecho. Pero el camino de esa preparación exige como condición de su cumplimento renunciar a una valoración innata del yo. No se puede aceptar la muerte si no se cumple primero con la condición de la renuncia al yo. Es una putada sin embargo, que para aceptar la muerte -la aniquilación total de la existencia- se tenga que aprender ya desde el transcurso de la vida, a renunciar a lo que el instinto de conservación aprecia como objeto primero y singular.
 
?Recuerdo unos versos evocadores de Jorge Luis Borges que tan bien se cantaron por bulerías,  donde no se renuncia a la nostalgia del que se fue, aunque de una forma entera, aceptando que el tiempo es un poderoso arbitro de emociones.
 
 
 
“Bruscamente la tarde se ha aclarado 
Porque ya cae la lluvia minuciosa. 
Cae o cayó. La lluvia es una cosa 
Que sin duda sucede en el pasado. 

Quien la oye caer ha recobrado 
El tiempo en que la suerte venturosa 
Le reveló una flor llamada rosa 
Y el curioso color del colorado. 

Esta lluvia que ciega los cristales 
Alegrará en perdidos arrabales 
Las negras uvas de una parra en cierto 

Patio que ya no existe. La mojada 
Tarde me trae la voz, la voz deseada, 
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.”

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