Carlos Font

¿TOLERANCIA EN AL-ANDALUS? SER O NO SER

por 03 de septiembre de 2011, 406 visitas
Cuestionamos, en la siguientes letras, la mítica tolerancia habida en Al-Andalus durante la Edad Media. La tradicional convivencia entre las tres religiones: judíos, cristianos y musulmanes es un mito idealizado de una realidad histórica mucho más compleja.
La presencia continuada en suelo ibérico de cristianos, judíos y musulmanes durante la Edad Media ha sido calificada de convivencia pacífica y modelo de tolerancia. Hay que separar el grano de la paja, o lo que es lo mismo el mito de la realidad histórica.
Hay que tener claro que Al – Andalus fue un Estado de religión islámica y cultura árabe y sometido al Islam con las consecuencias que trae eso aparejado.

Uno de los principales escollos que encontramos al abordar este tema es que esta cuestión de la convivencia entre culturas es un tema marcado por sentimentalismos e interpretaciones ideológicas. En torno a ello se vinculan signos de identidad y problemas religiosos, culturales y políticos; actuales.


Al inicio de la conquista musulmana de la Península es cierto que los invasores pactaron muchas lealtades con los nobles visigodos, los cuales les permitieron conservar sus tierras si se convertían al Islam, quizás la historia del conde Don Julián, aquel que la historiografía liberal del XIX tildó de traidor por “la pérdida de España”, es la más representativa. Esto fue estrategia debido al escaso número de invasores (no llegaban a 50 000, según Américo Castro), para someter o subyugar una población hispano-romana de 7,500.000 habitantes. Tenían que pactar por necesidad. Se alardea del estatuto de protegidos (dimmí) para las llamadas “Gente del Libro”, judíos y cristianos, que el Islam otorgaba a ellos conservando sus propiedades y organización social. Esto no dejaba de ser un sometimiento legal, a la espera de la conversión. Hasta el siglo XII, aproximadamente se puede hablar de cierta “coexistencia”, pero siempre teniendo presente que los integrantes de las tres religiones formaban comunidades yuxtapuestas, no mezcladas ni integradas con regímenes jurídicos económicos y de rangos social distintos,…

En este solar ibérico hubo por momentos históricos algunos periodos de “colaboración” entre las tres religiones, cuyo ejemplos más representativos , quizás, si dieron bajo el califato de Abderramán III (hijo él de una concubina cristiana), en cuya corte había algunos judíos que ejercían de médicos y cirujanos de la corte, o bajo el reinado del rey cristiano Alfonso X El Sabio con la Escuela de traductores de Toledo. Esto fueron gotas de iluminación en el río bastante turbulento de la convivencia entre religiones.

Creo que el punto de inflexión en las relaciones entre cristianos y musulmanes llegó con los almorávides y, posteriormente, con los almohades. Imperó una hostilidad agresiva contra los cristianos materializados en casos como la orden de destruir una iglesia cerca de Granada por orden del sultán almorávide en 1099, en 1106 cristianos malagueños fueron deportados al Zagreb y, en 1117, los almorávides encarcelaron al obispo de Málaga.

Y no sólo frente a los cristianos y judíos mostraron los musulmanes su intolerancia e intransigencia, sino ante sus mismo hermanos de fe. El caso más explícito y claro es la revuelta y sublevación de los bereberes que trajeron la primera oleada conquistadora musulmana. La elite árabe los consideraba diferentes e inferiores por su reciente islamización y les otorgaron las peores tierras y ningún puesto de relevancia en la administración. La revuelta fue difícil de sofocar, por lo cual, Damasco comenzó a enviar contingentes árabes procedentes de Siria. No hace falta destacar las correrías por tierras cristianas del caudillo Almanzor y la crueldad que desplegó, aunque sea en un contexto de guerra. (Véase arrasamiento de Barcelona (985), León y Zamora (987), Santiago de Compostela (997) o Pamplona (999).

       La población sometida no musulmana –que recibió el nombre de mozárabe– fue, durante bastante tiempo, mayoritaria, y durante décadas sintetizaron, junto a los hispanos convertidos al Islam, el compendio de la cultura en Al-Andalus, cosa nada extraña si se tiene en cuenta su origen romanizado. No resulta por ello extraño que, a mediados de ese siglo VIII, ante la esperanza de escapar del terrible yugo islámico, millares de mozárabes abandonaran Al-Andalus y emprendieran un camino hacia el norte. Con anterioridad, se les había prohibido la construcción de nuevas iglesias, la utilización de campanas y el regreso a su religión –so pena de muerte–, en caso de que, en un momento de debilidad, hubieran abrazado el Islam. El Islam no estaba dispuesto a permitir la existencia de una cultura paralela.

    Con todo, al fin y a la postre, los reinos y condados cristianos resistieron, y el califato se desintegró, incapaz de crear un sistema político cohesionado. La fragmentación sufrida entonces por Al-Andalus resultó, ciertamente, espectacular. Las razones para semejante desplome deben buscarse en la práctica imposibilidad de mantener en pie el aparato del Estado, e incluso la vida económica de la nación, sin el recurso a las expediciones de saqueo contra los reinos y condados cristianos; y en la división social que a los motivos religiosos superponía criterios raciales
    Si bien es cierto -y de ello hay copiosa bibliografías - que sobrevivieron comunidades de mozárabes en Toledo, Córdoba, Sevilla y Mérida, no lo es menos que las fugas, hacia el Norte fueron constantes y que a principios del. siglo XII se deportó en masa a Marruecos a los cristianos de Málaga y Granada (ya citado anteriormente), o que raramente se autorizaba la construcción de nuevas iglesias y sinagogas, o su restauración, o el repique de campanas. Sin fijar mucho nuestra atención en los momentos de persecución y exterminio directo de cristianos (v.g., en Córdoba entre el 850 y 859, cuyo hito más famoso fue el martirio de San Eulogio; o la aniquilación en Granada por Abd al-Mumin en. el siglo XII), sí nos interesa más poner el acento en la presión latente y continuada que la población sometida padecía en la vida diaria. La actitud de recelo, inseguridad y odio que Ibn Battuta (s. XIV) declara por derecho en tierras bizantinas («las iglesias son también sucias y no hay nada bueno en ellas») se enraizaba en un concepto de. relación con los cristianos estrictamente utilitario, soportándose a esta minoría como mal menor, cuando no se la podía absorber o exterminar, pero sin cordialidad ninguna: «El reinado de al-Nasir (Abderrahmán III) se prolongó durante cincuenta años, a lo largo de los cuales los cristianos le pagaron capitación humildemente cada cuatro meses y ninguno de ellos osó en ese tiempo montar, caballo macho ni llevar armas», reza la Descripción anónima de al-Andalus.
              Para emitir un artículo equitativo también el bando cristiano las discriminaciones eran visibles - como se practicaban en el lado musulmán-, por ejemplo, en 1252 Alfonso X prohíbe a los mudéjares el uso de ropas de color blanco, rojo o verde, de calzado blanco o dorado, al tiempo se ordena que las mujeres musulmanas se guarden de vestir camisas bordadas con cuellos dorados, o de plata, o de seda. Los contraventores pecharían con una multa de 30 maravedís. En 1268 las Cortes de Cádiz agravaron aún más el panorama, porque a fin de evitar «muchos yerros e cosas desaguisadas» se prescribe «que todos cuantos judíos et judías vivieren en nuestro señorío, que trayan alguna señal cierta sobre las cabezas que sea atal que conoscan las gentes manifiestamente cuál es judío ó judía. Et si algunt judío non llevase aquella señal, mandamos que peche cada vegada que hubiese fallado sin ella diez maravedis de oro: et si non hobiere de que los penchar, reciba diez azotes públicamente por ello» (Las Siete Partidas), disposición renovada por las Cortes de Toro (1371); y en Palencia en pleno siglo XV se sitúa a judíos y moros en el mismo grupo que marginados y prostitutas: «Este día se pregonó los juegos de dados e las armas e holgasanes e vagabundos e chocarreros e rufianes e mugeres del partido que no tengan rufianes ni gallones e judíos e moros que trayan señales..."
     Y la importancia que ambas partes otorgaban a estos signos externos nos viene bien atestiguada por él hecho de que en el ataque al Albaicín (dic. 1568), desencadenador de la guerra de las Alpujarras, Abenfárax y su gente se quitaron sombreros y monteras para cubrirse con bonetes rojos y turbantes blancos a guisa de turcos. Pero la aculturación avanzaba implacablemente desde el siglo XIII, coexistiendo resistencias y renunciase, tal vez de modo inevitable. En la Crónica de los Reyes Católicos se refleja bien la contradictoria situación de muchas de estas personas sometidas a presiones de índole familiar, social, intereses económicos, arranques sentimentales, etc. Los judíos eran considerados propiedad particular del rey - como en el resto de Europa - pues los Padres de la Iglesia habían determinado su condena a eterna servidumbre. La idea se estableció a las claras en el Fuero de Teruel (1176), luego modelo para otros repoblamientos: «los judíos son siervos del rey y pertenecen al tesoro real». Y si el monarca se ocupaba de su defensa era en tanto que propiedad de la cual se obtenían ganancias.
      En definitiva y para no alargar más un debate historiográfico enconado y beligerante, afirmamos que en el largo proceso histórico conocido como Reconquista la intolerancia, intransigencia y fanatismo estaba repartido en tazones muy parecidos. Ninguna religión es superior a otra, son los hombres quienes las interpretamos o le damos el enfoque que nos conviene pero no se puede admitir que uno eran mejores que otros, o más tolerantes que otros. En el caso español, los cristianos ganaron y aplicaron la ley del vencedor, el derecho de conquista de quien se permite escribir la historia con la pluma del ganador. En otros sitios de Europa fueron los mahometanos quienes ganaron, como los turcos en Grecia y en los Balcanes, habría que preguntarles a ellos el buen recuerdo que guardan de sus dominadores otomanos y el calibre de tolerancia que aplicaron en aquellas tierras.
                Me voy a permitir hacer una intromisión en la palestra actual, pero todas las religiones y los pueblos que las portan han evolucionado en cierta medida y han superado muchos prejuicios y tabúes del pasado. Los cristianos, ejercieron durante siglos en Europa cruentas formas de justicia religiosa para homogeneizar la sociedad. Se llamaba Inquisición. Hemos aprendido, hemos evolucionado, hemos cambiado. El mundo musulmán de hoy se regodea en un pasado de esplendor que ya pasó recreando un paraíso que nunca existió. Un orgullo que descansaba en las fuentes de Bagdad, los minaretes de Damasco o las mezquitas de Córdoba, atesorando un conocimiento científico y literario que se ha esfumado. El Islam, hoy día, parece saber más de derrumbare estatuas que de presentar textos antiguos.

Carlos A. Font Gavira



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