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Gran hermano nuestro de cada día

por 23 de mayo de 2013, 436 visitas
ESTADOS CARENCIALES Pequeñas reacciones cotidianas que nos definen

Este sábado volví a tener un encontronazo realidad humano-máquina, de las de control del tipo 1984, pero con mucha menos clase, y recordé que hacía tiempo que tenía pendiente este post. Ahora que me encuentro en el trabajo y mi impresora ha decidido que me va a ir regalando un “error de Impresión”  alternándolo página a página (paciencia solo quedan ciento ochenta) con un “atasco en bandeja 2” (entre col y col, lechuga) sin razón aparente, creo que es buen momento para iniciarlo.

Sábado, dieciocho de mayo, nueve cincuenta ante meridian (he quedado a las diez y llego tarde, eso me lo he ganado yo solito sin intervención externa de ningún tipo), llego a la parada de metro “Rambla Just Oliveras”, línea uno, por delante el horizonte de más de una decena de paradas, y de unas páginas de un libro de relatos cortos de Cortazar, con mi mp3 de fondo (si no fuera por el retraso, todo buenas noticias). Al llegar a la taquilla recuerdo que mi título de transporte quedó “agotado” el día anterior. Normalmente intento preverlo pues soy plenamente consciente de la ojeriza que la administración local me tiene.

Acudiendo al amplio catálogo de corolarios promulgados por el Sr. Murphy, la sucesión de acontecimientos que relato a continuación era, a todas luces, inevitable.

Tomando conciencia de mi falta de previsión, delante del torno de acceso a la estación, me vuelvo en busca de la serie de máquinas expendedoras, en formación de defensa, para obtener mi título multi-viaje; selecciono la opción en el teclado táctil e introduzco mi tarjeta bancaria según las instrucciones. “Retire la tarjeta”… “Retire la tarjeta… “Su tarjeta no es válida”. De esta forma la municipalidad me hace sentir hasta está dónde está dispuesta a llegar para demostrar (como un chusco matón de barrio) que marca la ley en la calle, y digo que es cosa de la municipalidad (qué sé yo lo que habré podido hacerle) porque estas humanizantes lecciones de humildad financiera las recibo únicamente (sobre todo si tengo prisa) de los cajeros de los párquines municipales, de la zona azul de aparcamiento y de la entidad metropolitana de transporte (en cualquier otro tipo de comercio, entidad, cajero bancario, peaje vial, etc. mi carta crediticia supera el trance sin mayor sobresalto). No hay manera, en ninguna de las tres máquinas. Lo que viene después ya lo intuyo.
En mi cartera un único billete de cincuenta euros y uno de cinco (de los viejos), más algunas monedas repartidas por toda mi geografía indumentaria (que amplia es). De ninguna manera pienso llevarme en el saco el vuelto de cincuenta euros en monedas (la más grande de veinte céntimos), los deportes vascos me gustan para verlos por la tele, ahivalahostia.

(Inciso impresorio: “cargue papel en la bandeja”, “bandeja de salida llena”… seguimos)

Compruebo que con el suelto no me alcanza tras introducir cada una de las monedas (con el estado de nervios que llevo ya, no me da para contar dinero), al menos tres veces, al parecer mis monedas tampoco alcanzan fácilmente los estándares de calidad que la mecánica necesita, o es eso, o en el retroceso social en que estamos inmersos hemos vuelto a tener que presentar todas las solicitudes por triplicado. Finalmente no puedo evitar adquirir un billete sencillo, el menor de los males, a más del doble de lo que cuesta por unidad en el bono de diez viajes.

Con mi salvoconducto nuevecito, me vuelvo a acercar, con el ánimo de un perro resabiado a fuerza de calle, al ingenio que flanquea el acceso a los andenes. Deslizo el cartón magnetizado por la correspondiente ranura y, esta vez, la pantalla me devuelve un conciliador mensaje  de bienvenida. Avanzo. Avanzo y salva parte de mi anatomía se estrella contra la barra superior del torno, que se niega a girar (el diseño de esta pieza no puede ser casual, está hecho deliberadamente para tocar los hue…), maldita sea,  cómo he podido confiarme, me maldigo mil veces, volví a caer.

Definitivamente no tengo más remedio que acceder al interior del vestíbulo saltando la valla perimetral (intentando mantener una cierta pose rebelde, o como mínimo no irme de bruces, para dar bien en las imágenes de la cámara instalada al fondo), eso sí, enarbolando mi título de transporte (“sencillo”, dice) convenientemente cancelado.

Ya no digo, lo “sencillo” que podría ser solventar situaciones como esta, de no haber eliminado el “factor humano” hace tiempo, en este tipo de protocolos ciudadanos, por no redundar.
Al final, ni siquiera la tirria que parece haberme cogido la administración, la electrónica, la mecánica, los mercados, o todos juntos,  me molesta tanto ya, en este juego cada uno tiene su papel, a eso estoy casi habituado.

Al final de todo, lo que más me molesta son estos mensajes proselitistas y doctrinantes.  Estos, “su” tarjeta no es válida; estos, “su” tarjeta es ilegible; estos, radar instalado para “su” seguridad; estos, usted ha vivido por encima de “sus” posibilidades,… que me hacen sentir como si continuamente estuviera en el acceso de embarque de un avión de Ryanair.

Suerte que durante un rato pude refugiarme en Cortazar.

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