Chabela13

Todo cambio empieza por uno mismo

por 13 de enero de 2014, 501 visitas

Si nos paramos a reflexionar sobre la situación de la sociedad actual, no tardaremos en darnos cuenta de que dista mucho de ser la más ejemplar, prometedora y deseable. Sin duda, los valores universales que promueven el bien social común parecen estar siendo olvidados. Incluso antes de convertirnos en adultos, desde nuestra más temprana infancia, llevamos integrados en nuestro cerebro numerosos clichés, limitaciones y miedos que nos impiden pensar con claridad y sentir realmente. Todo ello nos aleja de ser auténticos, de ser únicos. Tal vez ya nacemos con todas estas barreras mentales de serie, pues de algún modo llevamos la historia de nuestros antepasados grabada de forma innata. Hemos aprendido desde pequeños a comportarnos como se supone que hay que comportarse, a pensar como se supone que hay que pensar y a hacer lo que se supone que hay que hacer. Sin embargo, en ningún momento se nos enseña a cuestionarnos si es así cómo queremos comportarnos, pensar u obrar. En resumidas cuentas, vivimos como nos dicen que debemos vivir, como está “estipulado” en una sociedad cada vez más consumista, más superficial, más separatista. Actuamos, e incluso sentimos,  como se nos ha impuesto según un determinado patrón de comportamiento ético y una serie de normas de conducta y escala de valores que a la larga uno acaba cuestionando.

Un derecho fundamental, como es la libertad, nos está siendo arrebatado sin apenas darnos cuenta. Debemos reconocer que muchos de estos valores se están perdiendo en un mundo donde prevalecen las cualidades externas como la apariencia, la riqueza material, el poder y el  reconocimiento social. Debemos armarnos de valor y atrevernos a retirar esa venda de los ojos que durante toda nuestra vida hemos llevado puesta. Hoy en día no es ni mucho menos fácil convivir en armonía con quienes nos rodean o ser nosotros mismos sin que nos agredan o señalen con el dedo. Es por ello que mucha gente se siente sola, desorientada, sin saber adónde ir, ni cómo vivir su propia vida carente de sentido, tras haber abandonado sus verdaderos propósitos, sus sueños y emociones, que al fin y al cabo son las que mueven el mundo. Los problemas, la violencia y la depresión vienen cuando caemos en ese pozo sin fondo de incertidumbre e insatisfacción y no logramos salir de él. ¿Y por qué no conseguimos salir de él? Porque hemos sido advertidos (y nos han convencido) de que es difícil, peligroso e incluso imposible si quiera intentarlo. Desde bien niños se nos enseña de forma inconsciente a tener miedos, a preocuparnos por un futuro incierto e incluso a vivir anclados en el pasado inútilmente.

Se nos muestran unas normas de actuación, comportamiento y conducta que hay que seguir rigurosamente para convertirse en aquél que la sociedad quiere que seas. Pero, ¿y si no quieres convertirte en aquél que la sociedad quiere que seas sino en quien tú verdaderamente quieres ser? Es cierto que desde pequeños se nos tratan de enseñar los valores fundamentales como son el respeto mutuo, la libertad de expresión, el saber compartir, perdonar y convivir. No obstante, ¿se nos enseña realmente a ponerlos en práctica? O mejor dicho, ¿se nos explica por qué es necesario por el bien de todos llevarlos a cabo? Tan importante o más que simplemente aprender o conocer algo es el hecho de saber por qué y para qué se hace. Si entendemos ese fin, ese objetivo despertará en nosotros la voluntad sincera de sentir y actuar de acuerdo con los valores internos que realmente importan. Dejarán de ser meros valores teóricos y superficiales para convertirse en profundos valores prácticos. Empezaremos a sentir que dichos valores universales son parte intrínseca de nosotros, que siempre han formado parte de nuestra propia esencia. Es entonces cuando despertaremos, dejaremos de sentirnos limitados por obstáculos como el miedo y las opiniones ajenas, y nos propondremos ser auténticos desde la libertad y el respeto.

Si desde que tenemos uso de razón, se nos inculca también tener “uso de emoción”, es decir, a respetarnos unos a otros incondicionalmente, a sentir compasión para poder perdonar, a compartir nuestros bienes para ayudar a los demás, a tener confianza en nosotros mismos y creer en nuestras múltiples capacidades, a deshacernos de nuestros miedos para seguir avanzando aunque hayamos caído, y a aplicar todo esto a nuestra vida cotidiana, nada nos podrá impedir ser felices para convivir y progresar en un mundo mejor. Entre todos debemos impulsar el vínculo social, promover la unión entre las personas más allá de la apariencia, la raza, el sexo, la edad o clase social. Para ello debemos crear y motivar una comunicación y relación social más estrecha, cercana y positiva.

No olvidemos que todos vivimos bajo el mismo techo, en un mismo universo. Por lo tanto, no dejemos que las creencias, culturas o las religiones nos separen. Debemos hacerlo por el bien común, por el bien universal, que es el mismo para todos. Hemos de actuar no sólo por el beneficio propio, el de nuestra familia, ciudad o país, sino por el bien de todo el mundo. Debemos ser conscientes de que el cambio debe empezar desde dentro, en nuestro interior. Tenemos que convertirnos en el mejor ejemplo a seguir y aplicar a nuestras vidas aquella famosa frase de Gandhi: “Sé el cambio que quieres ver el mundo”. No podemos cambiar nada ni a nadie si no nos cambiamos antes a nosotros mismos. Y para lograr todo esto no se requiere ningún tipo de lucha, sacrificio o gran esfuerzo, basta simplemente con ser optimista, tener entusiasmo, ganas de progresar y deseo de vivir en un mundo mejor. Fomentemos los valores universales por el bien de todos, busquemos la prosperidad común de la sociedad. Si podemos imaginarlo, podemos hacerlo.

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