Antuan Palacios

Mis "maris" que van "a servir" a Sevilla.

por 17 de mayo de 2014, 251 visitas
Uno de los recuerdos que guardo de mis primeros años de niñez es el hecho de que, debido a que formábamos una familia numerosa, o mejor dicho, bastante numerosa, teníamos en casa lo que antes se llamaba una "criada", palabra entonces corriente y que ahora resulta mal vista, mal entendida y mal interpretada, totalmente en desuso por su utilización en la versión más peyorativa de las que le puedan ser aplicadas, solo como femenino de criado. Y pasaron por casa durante aquellos años varias de ellas, algunas de las cuales todavía me reconocen y de tarde en tarde me las tropiezo y no es raro que se empeñen en traerme a la memoria el mayor de mis méritos de entonces, que no era otro que el de pasarme todo el día llorando. Qué le vamos a hacer.

En mi casa no es que nadáramos en la abundancia ni mucho menos, pero mis padres prefirieron prescindir de los gastos más superfluos para dedicar ese posible sobrecoste a pagar a una muchacha que, no olvidemos, trabajaba en nuestra casa porque necesitaba el dinero para sí o para ayudar en el sustento de su familia, generalmente humilde como tantas.

Nuestras criadas, estas muchachas, se dedicaban fundamentalmente a eso, a ayudar a mi madre en nuestra crianza, mi madre casi siempre superada por la situación, incapaz de sobrellevar sola aquella casa, con el añadido de la prole.

Ahora, a aquellas criadas se les llama de otra forma, suavizando la terminología, urgando en la etimología de las palabras hasta encontrar algo más acorde con los términos, políticamente correcto, y aunque sus funciones vienen a ser las mismas de siempre y laven los mismos culos, pongan las mismas lavadoras y frieguen los mismos suelos, si se les pregunta resulta que ahora son "empleadas de hogar" o se dedican al "servicio doméstico" (las más finas) o "trabajan en una casa", o "van a Sevilla to los días" o "tres días trabajan en Sevilla" o "por las mañanas están trabajando en Sevilla" y prácticamente todas te cuentan que están "a la má de bien". Lo que viste cambiarle el nombre a las cosas que discurren cotidianamente y que siguen siendo eternamente idénticas o casi, aunque aparezcan disfrazadas de nuevas.

Ahora, estas muchachas y otras menos muchachas (más maduritas), algunas son abuelas incluso, por supuesto no son criadas de nadie como antes y ya, salvados esos "mares rojos" de las diferencias de clase, van a lo que se viene en llamar "a servir". Y la mayoría de ellas utilizan para ello el autobús, preferentemente como destino Sevilla y salida en las primeras horas de la mañana. En Los Amarillos. Empresa ésta, dicho sea de paso, que viene castigando con su descarada dosis de informalidad y trato despótico a los trabajadores y trabajadoras y estudiantes de este pueblo desde.....  desde que pasaron aquellos años en que el bueno de Juanito cobraba los billetes a los viajeros una vez en marcha el autobús y pasando asiento por asiento en una tarea que ahora se añora como otras tantas de las de entonces que se han vuelto irrecuperables. Y todo esto con la connivencia o al menos por la incapacidad de quienes, mandamases en el gobierno del pueblo, no san sabido o no han podido hacer más por mejorar el transporte público colectivo de sus paisanos. Dónde quedó aquél tren que estuvo tantas veces a punto, apuntito de venir..... Bueno, dejaré la crítica a Los Amarillos para otro día. Y a los mandamases también los dejaremos esta vez en paz.

El caso es que tuve que dejar de utilizar el autobús de Los Amarillos hace años, cuando se volvió un suplicio y un añadido insoportable a mi jornada de trabajo en Sevilla y pude permitirme el "lujo" casi inevitable de hacer el mismo trayecto en coche particular e invertir con esto en calidad de vida, a costa de empeorar la maltrecha economía familiar, ! qué remedio !.

En fin, que a veces el coche se avería o no puedo disponer de él por cualquier otro motivo inesperado y a las siete de la mañana tengo que emprender camino para la parada situada  frente a la plaza del Ayuntamiento y preguntar: ¿quién es la última? (porque, como se te olvide pedir la vez, estás perdido, o sea, que te puedes quedar en tierra). Y ahí están. Ahí están mis maris.

"Po me parece que é la der saleco verde, pregúntale usté, la que tiene er borzo de lunarito".

Algunas llevan varios lustros yendo y viniendo a Sevilla. Conozco a muchas de ellas. Ahora las ves llegar a la parada, unas andando, otras acompañadas del marido u otro familiar que por desgracia se encuentra en paro o que, como ella, va camino de su tajo y la deja allí de paso.

La muchacha que entonces llegaba a casa andando desde la suya y que recuerdo feliz (digo que así la recuerdo o así aparece en la imagen de mi memoria, normalmente con talante agradable y de buen humor, no digo que ese fuera su estado permanente), con la mente ocupada a medias entre su tarea y en juntar algún dinerito para los gastos de su ajuar, es la misma que estos días se presenta en la parada, todavía la mañana amaneciendo, a media luz o con las calles oscuras como la boca de un lobo, con su móvil en una mano, con un cigarro en la otra y con la mente no ocupada sino saturada y compartida también entre varios frentes, su trabajo por un lado, las tareas de su propia casa por otro, su marido que no está trabajando, sus niños, uno que va bien en el cole, el otro "que no vale pa estudiá, que le viá da un ssocazo un día que ze vanterá" y la niña que se quitó del instituto "porque el novio que zassao no la deja. En verdá es mu güeno er mussasso, pero es que está tor día metío en mi caza ziempre atrá deya y no la deja hacé ná. Azin la niña es que no me quita ni un gorpe en la caza, quiya".  

También, para colmo de males, lleva hoy en mente lo que le ha propuesto su jefa, la señora de la casa donde trabaja. Hace ya dos semanas le dijo que le tiene que hacer un contrato y darle de alta en la Seguridad Social. Que se lo ha dejado bien claro su marido, que encima es abogado. Que por lo visto ya es obligatorio y que hay un grupo de inspectores encargados de supervisar la regularización de determinadas actividades laborales opacas y con especial celo en lo que se refiere a la prestación de servicios de las empleadas de hogar y que no quiere ni puede tenerla por más tiempo en estas condiciones irregulares, conociendo cómo está la situación.

Lo que le faltaba a mi paisana que, indignada como es normal, no a manera de confidencia a su colega, sino que dos tercios del pasaje oímos perfectamente la sentencia: "Hija la gran puta, qué mala es la tía, niña. La tengo atravezá. Que le fregue los cristales otrave ma disso. Y le dí un limpiao a to la caza la zemana pazá que daba vergüenza como labían dejao tó. Niña, tor día recogiendo coza de por medio. No estoy jarta ni ná. Cuarquier día me ze cruzan los cable y la mando a tomá porculo. Yo no ha visto una gente enzuciando más questa y ezo que vive en Lo Remedio. Qué gente más guarra, quiya. Una mierda bien grande pa ella".

Y esta mujer, que va a servir, no sabe cómo afrontar este asunto nuevo del contrato. Qué dilema. A estas alturas, después de diez años en esa misma casa, le vienen con estas. Por un lado está bien, cómo no iba a estarlo. Y es verdad que la ley "obliga" y hasta que la inspección está al acecho. No sabe qué decirle a la señora, a su jefa. Está dándole vueltas a la cabeza.

Le paga por horas, le paga aparte el coste del viaje en el autobús y las horas que hace de más también las cobra al precio convenido. Unas jefas son más espléndidas y otras lo son menos. La suya, de vez en cuando tiene algunos buenos detalles con ella, confesó otro día. No está mal pagada, aunque como en todos los trabajos ocurre, podría estarlo mejor, claro está. Pero es que lo del contrato tiene su miga.....  y cómo va a dejar de cobrar ahora lo otro ?

"Es que man disso que lo der paro ya no lo viá podé cobrá. Que lo pierdo, vamo. Tu no zabe ná dezo ? Qué sosso tiene tu tambié, miá que no enterarte dezo tampoco ¿. Po entonce a vé qué hacemo. Con lo bien que me viene a mi lo der paro, anque zea poquito, pero a mi me digüá, porque con ezo iba yo juntando par canné y par cosse de mi Fati y pa la Comunión de mi Miguelaje. Es que no hay deresso, es que es más mala cun doló".

Eso es un ratito de conversación en el autobús de las siete de la mañana. Se dan muchos otros diálogos en este mismo escenario.  Cosas de estudiantes, de empresarios aprovechados, de especuladores, de pleitos por herencias y sus consecuencias nefastas, de familias mal avenidas, de sombras de alguno/as políticos/as. Otro día si me viene a colación, ya contaré. A veces la realidad supera la ficción. Si todo pudiera contarse....

Lo de la conversación de estas compañeras de viaje, que conste, no es cosa general, no les ocurre a todas mis maris, que no se me enfaden. Ni sus maridos tampoco se me enfaden. Es un caso que se repite más o menos, pero que no tiene por qué ser la tónica general. Ni todas mis maris fuman, ni todas tienen niños, ni todos sus niños dejan los estudios a la primera, ni todas cobran el paro...   que hay de todo, vamos. Las hay incluso muy jóvenes que este tiempo de crisis no les da oportunidad de emplearse en desarrollar su verdadera vocación y tienen que optar transitoriamente por este tipo de trabajo (necesidad obliga) algunas con estudios universitarios de grado medio o superior. Lo dicho, que hay de todo. Otras hay también, las reconozco, que habiendo disfrutado de una situación familiar más o menos bien estructurada y un nivel de vida medio-alto, por causa sobrevenida, separaciones o divorcios, o pérdida del empleo de quien trabajaba, han tenido igualmente que buscar "refugio" en un sueldo como éste para el sustento de su casa y así, cada mañana, con la rara intención del semianonimato, de querer pasar inadvertidas y como si estuvieran en la cola del autobús por un asunto distinto al de su verdadera nueva realidad, soportan durante un determinado tiempo la pesada carga de una inasumida pérdida de status que conlleva una singular especie de vergüenza, de humillación, hasta tanto es capaz de admitir que éste y no otro es su trabajo presente y adquiere el convencimiento de que está tan pleno de dignidad como cualquier otro, consciente también de que sigue siendo al mismo tiempo de los más ingratos, el esfuerzo de procurar que una casa que no es la de uno esté siempre en el mejor estado posible, limpia y cuidada, participando directamente en las condiciones que provocan el bienestar de una familia que también le es ajena.

Al final, lo mejor es que las mujeres de nuestro pueblo, esas maris del autobús, aunque disparen contra sus jefas (con la boca pequeña la mayor de las veces) los improperios que a veces oigo en esas pocas mañanas, son en su gran mayoría queridas en su trabajo, exactamente igual que lo eran aquellas nuestras "criadas", generalmente apreciadas como buenas trabajadoras y también por su calidad personal, muy bien valoradas y desde siempre las más cumplidoras, en una tarea digna de admiración para la que no todos valdríamos. Ni mucho menos.

Es que pa tó hay que valé.

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