EPEV-Poerrante

LOS GATOS PARDOS Y EL VIENTO

por 08 de junio de 2014, 239 visitas
Es un relato, no sé si corto, cada vez se extiende más...hasta ahora 25 paginas y falta narrar. Espero sea de su agrado y comenten. EPEV

- I -
En la noche se topó con la soledad de la obra, menos que nada las espigadas columnas desnudas en macizo concreto y las placas sin paredes aun en los cinco últimos pisos eran barridas por los vientos de las alturas. Desde abajo miró con desdén los pisos altos, iluminados con las tres lámparas de halógenos que cubrían su fachada, esa luz se difuminaba llegado a los pisos descubiertos: éstos se veían como fauces oscuras sedientas de visitas.  Inclinó su cabeza al polvoriento suelo donde se mezclaba la tierra amarilla y el cemento reseco de un día de labor. Restos de escombros y maquinarias, y el característico chirrido de la grúa que se movía con el discontinuo viento. Todas las noches eran replicas de la anterior, Pedro gozaba de la tranquilidad de una obra erigida en la explanada de una loma al Este de la ciudad con difícil acceso al común de las personas, hasta los obreros hacían maromas para llegar a las 6:30 am. Luego de llegar al centro comercial Rabo Verde donde las camionetas de la zona figuraban una parada terminal, ellos debían subir como excursionistas unos veinte minutos a pie a menos que alguien se dignará darle un aventón o dispusieran de carros propios. Ésta sería una obra residencial para personas exclusivas, elitesca, de clase media alta, profesionales ejecutivos de grandes empresas, estos que disponen de todos los medios de movilidad y que viven siempre encerrados en su vano mundo suntuoso, alejados de todos como ermitaños en la ciudad.
Cuando giró con la intencionada resolución de entrar en su garita para seguir observando el encuentro de la Vinotinto que se enfrentaba a los Charrúas Uruguayos con un marcador cerrado de 1-1, sintió la caídas de unos cuartones y un golpe seco contra el suelo, la trayectoria lo hizo dirigir su mirada a los pisos oscuros de la construcción y percibir el celaje que en premura se escondía. Movió los faros directos a los pisos, tembloroso posó la mano en el revólver de su cintura mientras miraba fijamente tratando de detallar cualquier movimiento o sombra o ruido que delatará al intruso que se encontraba en la torre. Diez minutos sin respirar y el corazón en vertiginoso vacio, pero nada…sólo el sonar del viento, el chirrido de la grúa y la voz del locutor de la televisora anunciando un desempate en estruendosa celebración; el dilema de lo sucedido y el ansia de ver la repetición del gol de Arango lo mantenían en ascuas hasta que pudo más la voz inquisidora del locutor que llamaba eufórico a toda la fanaticada venezolana. Pedro descuidó su labor, olvidó por largo instante lo sucedido y se concentró irremisiblemente en el juego hasta que una lámina de losa acero voló sobre el techo de la garita y se estrelló contra la mezcladora produciendo un sonido de hojalata bestial en la caída, con un contundente ¡PLASH! al chocar contra los objetos, y un maullar tenebroso que se cortó de repente. Se levantó de un salto y tomó la escopeta, se asomó con precaución a la puerta de la garita, bajó el tono de la televisión; buscó la linterna. Estaba solo y debía enfrentar la situación como todo un valiente, subir los quince pisos de construcción y dispuesto a matar o morir por un puesto de trabajo y una mercancía que ni siquiera era suya pero había jurado resguardar al firmar el contrato de empleo.
- bendito empleo para éste tacaño sueldo – pensó – ¿por cuánto…?
y de nuevo el sonido metálico de la hojalata pero ésta vez como sí alguien corriera sobre ella, y unas latas, unas botellas que rodaban desde el promontorio de escombros apilados muy al lado del cercado de alfajor, dirigió su linterna hacia allí y la luz intensa reflejó en las pupilas oblicuas del gato que se inmovilizó ante la lumbre.
- ¡Perro!...digo, ¡Gato! Me has asustado animal – espetó para sí mismo
pero cuando avanzó en su dirección, el gato se escabulló de entre la cerca dando un hábil salto y entonces…se perdió en los matorrales que bordeaban la obra. Pedro respiró de nuevo, aliviado, creyendo que todo se había descubierto, que el gato o quizás eran más gatos los que le habrían perturbado la tranquilidad y su juego.
Se acercó a las luminarias de halógenos y apagó dos de ellas. Dejó cubierta de luz la fachada del edificio en construcción dando el ángulo necesario de inclinación al faro que dejaba encendido y se dirigió a la garita. Apenas piso la puerta, nuevos cuartones de maderas cayeron, no podía ser casualidad ni los gatos – pensó. De nuevo miró la parte alta del edificio, apuntando con la escopeta automática que disponía, pero no alcanzaba a notar ninguna anomalía lejos de los sucesos que habían acontecido.
De por sí, subir la construcción, por unas escaleras oscuras con diez pisos recubiertos y cerrados en paredes divisionales de apartamentos, y solo…representaba un riesgo que no quería tomar ya que la ventaja, pensaba él, la tenía ese alguien que pudiera estar en la edificación con intenciones desconocidas. Lo más sensato era esperar el amanecer para realizar la inspección o estar alerta ante la eventualidad del dicho que dice que todo lo que sube debe bajar. Entonces arrastró la silla de mimbre y la puso en la entrada a la garita y se sentó con vista a la construcción y los pisos altos. No se escucharon mas ruidos y los ojos de Pedro, tras el cansancio de la espera y la noche se fueron cerrando.
Estaba dormido hace rato cuando un pesado bulto cayó despertándolo con sobresalto, el sonido seco contra el piso y el rebote seguido, más un suave golpe sin chillido ni grito; Pedro creyó que era un saco de cemento o escombro y por lógica, alguien estaba en el edificio en construcción. Encendió de nuevo las dos luminarias y apuntó en dirección a la caída del bulto, miró su reloj y marcaban las 3:45 am, el bulto llevaba camisa a cuadros rojos y pelo amarillo, pero temió acercarse a él. Se escucharon los pasos bajando presurosos las escaleras, cada vez más cerca de donde se encontraba él, preparó la escopeta y se dispuso a dispararle al primero que saliera por el frente del edificio…allí vio al primero, y soltó su primer tiro, un grito - ¡cuidado! – escuchó. Se detuvieron todos, el silencio se apoderó del lugar una vez que sonó un segundo disparo tras de Pedro, que vio como delante de él se desvanecía la figura de la obra, sus piernas flaquearon con ese escalofrío que recorría toda su columna, la espalda se le mojaba toda y no le daba tiempo a comprender el porqué tenía que abandonar su paciente vida.

Continua...

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