Manuel Sollo

Juan Manuel Busto, o cómo trabajar para ser el mejor músico del mundo.

por 09 de junio de 2014, 386 visitas
(Entrevista publicada en El Soberao, Revista Cultural de Los Palacios y Villafranca, número 2, enero de 2014). Director de orquesta y coros, compositor, saxofonista. Con 26 años, Juan Manuel Busto ha alcanzado metas notables en el mundo de la música: dirige la Banda Municipal Fernando Guerrero, la Escolanía de Los Palacios y desde septiembre de 2013 es director asistente del maestro Cristóbal Soler en el Teatro Lírico de Madrid. El Ayuntamiento palaciego le reconoció como Joven del Año 2013.
Apenas nos conocemos, pero nos tratamos con la familiaridad propia de quienes somos del pueblo; al fin y al cabo Juan Manuel Busto Algarín se dispone a contarme sus 26 años de vida en una desapacible tarde de octubre, con una inhabitual lluvia torrencial y apagones esporádicos de luz. No es el caso de este joven palaciego que irradia tenacidad, sentido común, voluntad de trabajo y claridad de ideas. Si he conocido a alguien  que tenga claro lo que quiere ser de mayor es él: aspira a  ser el mejor músico. De momento, ya es mucho lo que ha logrado. Lo máximo, de haber una escala en la intimidad de los compromisos artísticos y por aquello de que trasciende en mucho nuestros límites municipales, es su nombramiento como director adjunto del maestro Cristóbal Soler en el Teatro Lírico de Madrid. También porque le ha llevado a los límites de una nueva frontera.

“En la vida me imaginaba yo cuando comencé dirección de orquesta que iba a estar en Madrid con 26 años, si mi maestro Milanés me decía que un director con 30 años era muy joven”. Su sola mirada sobre el poso del café despeja las dudas: “Si tienes clara la meta el camino es más sencillo porque sabes adonde quieres llegar. Si, como me pasaba a mí, estudias saxofón con 13 años y tienes decidido estudiar composición más tarde, es muy fácil irse preparando. Tenía mis metas para cuando cumpliera 26 y las tengo ya para cuando cumpla los 40”. A los que vamos teniendo cierta edad y sabemos de los azares del vivir, nos da cierta aprehensión tanta certeza, pero Juan Manuel Busto se aferra a la evidencia de su vitalidad: “Si no te desvías del camino  y tienes la suerte como yo de tener buenos guías, pues el éxito es más certero. Creo que por tenerlo tan claro estoy consiguiéndolo todo antes de lo previsto”.

La suerte del abuelo

Una personalidad poderosa anclada en el respeto y la obediencia a los mayores, que le inculcaron desde niño una estricta disciplina y un desacostumbrado apego por el esfuerzo y el aprendizaje. Imprescindibles valores para abrirse camino en territorios tan competitivos: “Nunca he tenido padrinos, ni mi familia es de grandes fortunas. Siempre he sabido que lo único que podría abrirme las puertas es la formación, ha sido mi prioridad y lo que ha facilitado que me valoraran por mi preparación”.

En este proceso hay algunas personas que marcan la vida de Juan Manuel Busto, y una por encima de todas, su abuelo Antonio Algarín, el hombre de inquietudes artísticas y aficionado a la música que le descubrió a aquel niño que jugaba al fútbol en la calle Pío XII los secretos del pentagrama y la armonía. El abuelo quería cumplir su sueño en alguno de sus nietos y encontró un alma gemela en Juan Manuel Busto, un niño obediente que sería el principal beneficiario de aquella formación entre autodidacta y académica que Algarín había adquirido. “Un día, a mis seis años, me dijo: vas a aprender música, aquí tienes las notas, las líneas  y la escala. Cuando lo hice, empezamos a estudiar solfeo, lenguaje. Era como un juego, pero en realidad tenía un maestro en casa. Su nivel era superior incluso al de gente que hoy vive de la música, lo que me dio una formación muy sólida. Lo más llamativo es que con trece años me enseñó armonía, una especialidad de la que algunos catedráticos apenas tenían nociones hasta hace poco. Aprendí con libros de la época de Falla, que hoy no se usan por su dureza”.

Llegado el momento el abuelo, fontanero de profesión, le inscribió en el  Conservatorio Elemental de Música "Andrés Segovia" de Dos Hermanas para una prueba de piano. Y aquí se produce una de esas azarosas circunstancias que cambian el devenir de una vida. Un vecino se confundió de día y se quedó sin plaza. Antonio Algarín, hombre de genio, habló con el director, al que Juan Manuel cautivó con unos conocimientos muy superiores a los de un niño de aquella edad. Entonces le propuso hacer el examen de saxofón, el instrumento que se convertiría en una prolongación de sus sentimientos.

Con doce años Busto ofrece su primer concierto solista con la Banda Municipal de Música Fernando Guerrero de Los Palacios y Villafranca. Allí vio a su abuelo llorar por primera y única vez, entre un público entusiasmado y unos colegas que felicitaban al niño que les había asombrado, mientras el pequeño artista  no dejaba de pensar en la nota en que se había equivocado: “Lo disfruté, pero aquel traspiés me tenía obsesionado. Es lo que me inculcaba, el más exigente debe ser uno mismo”.

La batuta de un maestro cubano

De Dos Hermanas Juan Manuel Busto salió con una Mención de Honor para continuar su preparación en el Conservatorio Profesional de Música "Francisco Guerrero", primero,  y después en el Conservatorio Superior de Música “Manuel Castillo”, ambos de Sevilla, donde completa su estudios de saxofón, composición y dirección de coros, que acabó en junio pasado.

Terminando el grado superior de saxofón aparece en su vida otra figura clave, la del maestro cubano Norman Milanés, director del Gran Teatro de La Habana, que le llevó a estudiar dirección de orquesta. Milanés fue invitado a Los Palacios por Francisco Manuel Caballero Candela, director entonces de la banda Fernando Guerrero, que lo había conocido en Cuba y supo que vivía jubilado en España. Si al viejo maestro le sorprendió aquel adolescente de quince años por sus conocimientos, a Juan Manuel Busto, que ya había trabajado con profesionales españoles, le hipnotiza el momento en que Milanés alza la batuta y dirige a la agrupación local. “De recordarlo se me encoje el corazón. Yo estaba en primera fila tocando el instrumento y sentí una sensación que nunca antes había tenido. Sin decir nada, solo con aquel gesto, cambió el sonido por completo, era otra obra, otra orquesta, otra banda, otro espectáculo distinto”.

Algún tiempo después Milanés imparte el primer curso de dirección de orquesta de Los Palacios. Inmerso en el saxofón, a Busto no le interesa, pero había que ocupar una última plaza, y de nuevo la beneficiosa casualidad hace que descubra la emoción de dirigir: “Cuando me puse por primera vez en el podio, coloqué las manos y empezó a sonar la banda, ya no tuve dudas”. Y a los pocos meses estaba en Valencia, donde residía el director cubano, que quería legarle así sus enormes conocimientos. Estudió con él de forma gratuita durante cinco años y luego colaboraron en cursos a directores. “Si mi abuelo era exigente, Milanés lo era tres veces más. Hacíamos maratones de trabajo de 15 y 16 horas diarias. Trabajamos como antiguamente, con una gran dedicación, él era el artesano y yo el aprendiz. Luego he comprobado que las técnicas, los ensayos y el comportamiento de un director son muy comunes a nivel internacional. La clave está en que en una orquesta manda el director como en un barco el capitán”.

Juan Manuel Busto tiene en sus manos la singladura de su vida profesional. Completa sus estudios con cursos y master class en España y otros países europeos, es profesor y mantiene una exitosa carrera como saxofonista. Los nombramientos le vienen rodados a medida que consolida su bagaje artístico. Desde 2007 es director del coro “Lux Aeterna” y un año después le llaman para dirigir la “Fernando Guerrero” de su pueblo. En 2009 se hace cargo de la dirección musical de la prestigiosa “Escolanía de Los Palacios” a petición de su fundador Enrique Cabello, con la que consigue el récord de actuaciones y consolidar su presencia en óperas y conciertos del Teatro de la Maestranza de Sevilla junto a maestros de la talla de Pedro Halffter o Cristobal Soler.

La tentación del duende  

Para Busto la Escolanía es más que un referente nacional, ha sembrado en Los Palacios una semilla de poderoso arraigo al educar musicalmente a centenares de niños: “Una de mis mayores satisfacciones es la enseñanza, culturizar a través de unos conocimientos, pero también con normas de comportamiento, de civismo y respeto, inculcar el valor del compañerismo. Formamos personas, no músicos, y es muy gratificante”.

Con esta agrupación y en el teatro sevillano vivió uno de los momentos más emotivos de su carrera, el Concierto Extraordinario de Navidad de 2011. “Era la Escolanía con la Orquesta de Cámara de la Sinfónica de Sevilla, el 90% eran composiciones con arreglos míos y el director era yo, que por primera vez protagonizaba un concierto de esa envergadura, con dos funciones lleno a rebosar, cuatro mil personas en el aforo. Creo que he sido el director más joven en actuar allí. Todo eso se disfruta, aunque me lo paso igual de bien en cualquier tipo de concierto, sean pasodobles en la plaza del pueblo o en el Teatro Lírico de Madrid. Siempre hay que darlo todo y procurar hacer extraordinario lo ordinario. Procuro dar el 200% para que el músico pueda transmitir el 150% y al público le llegue el 100%. Cuando existe esa conexión surge la magia”.

Firme partidario de la cita picassiana que aconseja que la inspiración te coja trabajando, Juan Manuel Busto tampoco ha querido sustraerse al duende de la propia creación y ha compuesto obras para producciones audiovisuales, saxo o banda sinfónica. Especial significación tiene “Pendaripén & Duende”, estrenada en el Festival de la Mistela, en la que funde el mundo sinfónico y el flamenco más allá de la mera fusión. “Está inacabada, sé que tengo que hacer una segunda versión definitiva. Pero en aquel momento se presentó la oportunidad de cumplir un sueño. Me interesé por el flamenco con 16 años cuando actué como saxofonista con la Banda Municipal de Sevilla en una representación de El amor brujo, de Falla, y ahora me encanta estar con el cantaor palaciego Miguel Ortega, que profundicemos en la esencia del flamenco y hablar de música y arte”.

Como director de orquesta ha colaborado con numerosas formaciones; en Cuba le entregaron la réplica de la batuta de Maestro Guillermo M. Tomás Bouffartique. Con varios especialistas europeos interesados en su carrera, se les adelantó Cristóbal Soler, que le nombró en septiembre de 2013 su director asistente en el Teatro Lírico Nacional en Madrid, lo que le está permitiendo trabajar con las mejores voces y orquestas de España. Soler ya le ha preparado un plan de trabajo y lanzamiento a corto, medio y largo plazo. “He tenido la suerte de que en momentos precisos se han unido apoyos de personas como Milanés y Soler y la formación adecuada. Soy muy joven para un cargo como el de director en Madrid, es un  reto, pero también una satisfacción pasar de jugar en Tercera a Primera División”.

Una aspiración artística

Ese salto cualitativo también le supone nuevas exigencias profesionales y personales. Piensa que durante este 2014 podrá compaginar sus actuales y numerosas responsabilidades, pero Juan Manuel Busto es consciente de que habrá cambios: “Siento que está llegando el fin de una época en mi vida. Se acerca el momento de decidir, pero sin cerrar puertas. Mi maestro Soler piensa que puedo aspirar a todo y me aconseja que siga con la dirección y la composición”.

Un currículo, una experiencia y un desafío que requieren aún más constancia y esfuerzos. Busto, que fue reconocido por el Ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca como Joven del Año 2013, recuerda otra vez a su abuelo Algarín: “Lo más valioso que me enseñó, y que es fundamental en mi vida, es la disciplina, la fuerza de voluntad y el trabajo duro. Ellos me permiten el lujo de dedicarme a lo que me gusta. Toda mi vida gira en torno a la música”.

Esa mentalidad fuerte y rigurosa le da alas para soñar con ser el mejor músico del mundo. “No es una ambición personal, sino artística: que mi música llegue al mayor número de personas posible, disfrutar haciendo disfrutar. Es lo que me enseñaron mis mayores: aspirar a lo máximo, dar el impulso para ser el mejor. Luego lo conseguiré o no, pero el más exigente debo ser yo. Si el impulso es menor, la meta es menor”. Los jóvenes ya conocen el camino.

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