Antuan Palacios

Nada que hacer.... vamos tirando.

por 15 de agosto de 2014, 198 visitas

Hace algunos meses y por recomendación de un amigo, muy puesto él en esto de los libros, seguidor de distintos blogs relacionados con el mundo de la lectura, de la literatura en general y de los escritores, me tuvo ocupado la obra de título "Nada que hacer" que forma parte de la "Trilogía Sucia de La Habana", del cubano Pedro Juan Gutiérrez, en la que el protagonista describe, en primera persona, las peripecias, las experiencias a través de relatos cortos, en que se desarrolla su vida diaria durante un tiempo sin oficio que sitúa centrado en un cuartucho de mala muerte en la azotea de un edificio decadente de doce plantas en el mismísimo Malecón. Y el propio título es significativo en el contenido de la obra. "Nada que hacer" es, en suma, lo que les ocupaba a él y a otros muchísimos convecinos, o sea, la desocupación. En su caso concreto, dicho de otra manera, la ocupación exclusiva en el placer. Una rutinaria vida que compartía con tantos paisanos y que consistía sobre todo en intentar comer todos los días, procurar que de vez en cuando alguna mulatita (fuera ésta joven, mayor o de mediana edad) se prestara al juego del amor, tener para que no le faltara una botellita de mal ron, ganarse suficiente plata con cualquier eventual tarea consistente la mayoría de las veces en agenciarse algo medianamente vendible y encontrar a alguien que pudiera tener interés en comprarlo y, como regla general, dejar que los días pasen, a ser posible sin problemas mayores, con las justas miserias, más que familiares. Espíritu de conservación, sobrevivir, dejar que pasen los días, no pensar en qué haremos mañana, qué sucederá.

Como no es momento de abundar en la historia y procurando resumir todo lo posible, no deja de ser aconsejable al menos para situarnos, recordar que los orígenes de lo que conocemos como clase media se sitúan en aquellos miembros de la burguesía de la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII, que se hicieron importantes sobre todo por sus progresos principalmente en el ámbito de las profesiones liberales y también en la industria y/ó el comercio y que llegaron a alcanzar un lugar significativo en el mismísimo Parlamento. A partir de entonces se consigue, progresivamente y con la confluencia de otros factores de distinta naturaleza, el acceso de cada vez más cantidad de personas al conocimiento, a la riqueza, al mercado, al consumo y a las comodidades. Una verdadera transformación social que mejora sensiblemente las condiciones de vida de la mayoría de la gente, constituyendo el núcleo de partida para llegar a un auténtico estado del bienestar.

Cierto es que, a lo largo de los siglos, las sociedades han ido adaptándose a las singularidades de cada una de las épocas y actualmente el término de clase media abarca a un porcentaje cada vez más amplio del total de la población, desechándose el término de clase obrera y también el de clase baja, ambos en desuso. Así, hoy, en la calle, entendida ésta como la plasmación inapelable de toda teoría y  auténtica fábrica de historia que es, en la de Los Palacios y en la de otros tantos pueblos, se observa con total nitidez, esa comunión de clase media y clase obrera, constatándose claramente el hecho de que prácticamente todo el mundo se identifica con una única clase, con la clase media, por supuesto.

Una vez dicho esto, y dado que como todas las colectividades, ésta nuestra no deja de conformar un "totum revolutum" de múltiples escenarios de vida particulares y distintos compartiendo un único esquema social, personalmente percibo una presencia suficientemente notoria como para ser destacada como objeto de especial atención.

Debemos convenir previamente que nos encontramos afectados por una crisis económica de enorme influencia. Pero no cabe duda tampoco que esta particularidad que quiero contar tenía lugar igualmente durante el más reciente período de bonanza económica. No es excusa la crisis, aunque resulta evidente que el elemento en cuestión se produce ahora, obviamente, con mayor frecuencia y peores soluciones.

El personaje cubano protagonista de la obra de Pedro Juan Gutiérrez, el desocupado Pedro Juan, no nos es ajeno en Los Palacios ni creo que en toda Andalucía, que yo sepa, aunque considerando, por supuesto, las debidas distancias. Lo cierto es que me da la impresión de que hay demasiada gente que vive no exactamente de su trabajo o no directamente de su trabajo o incluso mejor, no directamente ni exclusivamente de una ocupación cierta, ni una dedicación tangible, ni un puesto de trabajo normalizado, específico, concreto y para más abundamiento, ni siquiera de una profesión u oficio determinados. Aprendices de todo, maestros de nada. Me refiero a un numeroso grupo de personas, hombres y mujeres, que viven generalmente de nada en concreto. Y con "vivir", quiero decir subsistir, sobrevivir, mantenerse, sostenerse, con lo que se entiende incluidos alimentarse, vestirse, divertirse, culturizarse si cabe y todo lo demás, tantas cosas más.

Y hago una salvedad: efectivamente, convivimos con muchas personas que obtienen determinados beneficios o rentas fruto de su jubilación o su incapacidad sobrevenida, derivando todo ello, en la mayoría de los casos, del previo ejercicio de una profesión u oficio durante un tiempo delimitado, o en otros casos, que perciben una compensación por una enfermedad que desgraciadamente les imposibilita para el trabajo. Que no me refiero tampoco a los que están en situación transitoria de desempleo por cese en su trabajo habitual a causa de la crisis, ni a los que habiendo finalizado sus estudios, los que sean, no han conseguido todavía ocupación laboral.

En este comentario no tengo más remedio que generalizar, con el riesgo que esto supone, y al hacerlo debo hacer mención a las inevitables excepciones que concurren en todas las reglas, por definición. Por tanto, me deben disculpar aquellos que no se sientan identificados con esta versión que, por este intentar abarcar a una generalidad, se convierte para ellos en inoportuna.

Y yendo al meollo de la cuestión, supongamos que conocemos todos a algunas personas que no tienen trabajo estable, que no tienen tampoco subsidio fijo, que no disponen de rentas concretas. Es un poner. Y en este poner resulta que estas personas igual unos días trabajan o durante algún periodo se emplean en algún tipo de ocupación ocasional o eventual. Esto no impide pensar que están dispuestos a trabajar siempre, aviso. También otros determinados días o durante algún que otro periodo, o durante muchos periodos quizás, perciben algún tipo de subvención, subsidio, paga, ayuda, prestación o cualquiera de las  distintas modalidades de protección que existen ahora. De la misma forma que, durante otros tantos días o meses, nada de nada. O supuestamente nada.

Tengo que decir que, generalmente, de los que conozco, un alto porcentaje acaparan un nivel cultural, entendido como cantidad y calidad de conocimientos, escaso. En la mayoría de los casos, tampoco presentan un bagaje formativo, profesionalmente hablando, notable. Incluso se da la paradoja de que no se suelen mostrar visiblemente preocupados por esta circunstancia, ni ocupados en su remedio.

No aparecen muy puestos en el detalle del debate político, ni en el económico, ni en  cuestión de historia, ni en temas de geografía, ni en lo relacionado con las bellas artes. Sí que han oído hablar de algunos de ellos en titulares, pero no están capacitados para participar de manera medianamente lúcida en un debate sobre una noticia de actualidad en ninguna de esas materias.

Disponen por lo demás de un vocabulario muy muy pobre, entendiendo lo de pobre como reducido, corto, no me refiero en ningún caso a la pronunciación más o menos correcta, que es tema aparte, evidente y hasta preocupante también. No se defienden con autoridad en una conversación, no se encuentran capacitados para solucionar una incidencia cualquiera ante una Administración Pública, muchos no alcanzan para acudir siquiera al médico si no es con alguna de sus mujeres: con sus madres, sus novias, sus hermanas.

Constituye un problema que la inquietud por avanzar, por evolucionar, el mecanismo que sirve para no desconectar con el tiempo, para adecuarse a las circunstancias y a las exigencias del momento en el que viven no les asiste demasiado. Y se bloquean y ese mismo atasco solo conduce a que aparezcan anclados y perduren en esta actitud. Digámoslo así. No digo que les importe un pimiento todo en general. No digo que sea así de categórico. Digo que no progresan. Que da la impresión de que solo sobreviven y se dejan llevar, algo muy parecido al modo de entender la situación que alegaba el cubano. No han sido agraciados de un espíritu dotado para desarrollar estrategias distintas o emprender nuevos retos, ni se les ha inculcado la creencia en este tipo de iniciativas. Y lo peor de todo, lo realmente trágico, es que difícilmente serán capaces de transmitirlo a los que les vengan a relevar.

Posiblemente él o ella, o los dos a la vez, obtienen alguno de los subsidios a los que pueden optar. Digamos también que aunque sus ingresos, cuando los obtienen, sean discontinuos y no permanentes, no declaran la percepción de renta alguna porque prácticamente en la mayor parte de los casos se producen de manera "irregular", que no ilegal, no sujeto a control alguno, sin nómina, sin alta en seguridad social, propiciado todo esto, generalmente, por los empleadores sin escrúpulos (particulares o sociedades), defraudadores de todo en cuanto tienen oportunidad. No consta que oficialmente tengan nómina. No la tienen. Digamos que, tributariamente, no aportan nada a la colectividad. La legislación vigente no les "obliga" a ello, mientras no exista la contraprestación del empleador que declare su papel. Digamos que entre los dos, o en ocasiones individualmente,  ingresan a veces más que otros muchos que disponen de un salario fijo. Ocurre que de acuerdo con su nivel de renta oficial, evidentemente en el mínimo de la escala de rentas, les corresponden todos los descuentos o bonificaciones posibles en transportes, en matrículas, en comedores, en actividades de ocio, en médicos o en medicamentos. Para todo figuran solo y exclusivamente como meros beneficiarios.

Conozco a muchos que, aunque dispuestos a trabajar, no disponen de un plan para el futuro inmediato. No ven más allá del día a día. Exactamente como el cubano. Están a lo que salga, si sale algo. Vamos tirando, dicen. No parecen afectados por esa inseguridad, no participan de un escenario de incertidumbre. Esperan y ya llegará un día que tengan, igual que el cubano, una tarea entre manos. Que no reconocen siquiera como un problema el hecho de no estar cotizando a la Seguridad Social, por ejemplo. No les quita el sueño. O no lo parece, al menos.

Valga un ejemplo verídico: En los primeros días de Junio me encontré con una pareja de conocidos en la terraza de un bar, ambos sin trabajo, los dos con un minúsculo ingreso debido a un subsidio del que podrían disponer al parecer hasta el mes de octubre y al preguntarles si estaban trabajando, la respuesta de él fue que ni estaba trabajando ni quisiera que lo llamaran de ningún sitio porque no pensaba moverse, por lo menos hasta después del verano. "Que ahora hace mucha caló pa trabajá".

¿Será una ventaja esta supuesta despreocupación? ¿Es que viven más tranquilos que los que se desvelan por un futuro que les parece incierto?. A veces llega a parecerme envidiable esta tranquilidad, vivir con esa parsimonia, sin ninguna aparente zozobra.

Y el resultado de todo esto, indefectiblemente, es que viene de camino una tanda de nuevos aspirantes a lo indeciso que esperemos no sea definitivo. Que le sea factible la condición de solucionable. Gran cosecha esta que ya viene dando la cara, la de esa cantidad de “ninis” profesionales que se acercan por la retaguardia, a la sombra de aquellos otros que han sido incapaces de enseñar el valor de conocer. Qué se hace con ellos. No han aprendido siquiera lo básico. Sus representantes, sus padres, no han sabido y/ó no han podido hacer más. En muchos, demasiados casos, se han desentendido descaradamente.

La consecuencia, una de ellas, es que se genera una corriente negativa que trae consigo el empobrecimiento de aquella clase media del principio del comentario, representando un retroceso en ese espectro social que fue siempre reflejo del avance, del progreso, considerada a la vez factor y espejo general de desarrollo de una sociedad, de su modernización.

Los responsables de la multiplicación de esta simplicidad de caracteres y de minimización de conocimientos, de aquellos a los que me he referido antes y los de estos últimos que vienen pisando fuerte en el campo de la ignorancia inocente, no saben, ni contestan. Y han sido Ministros y han sido y son Consejeros/as de la Junta los desvergonzados conseguidores de que los parámetros en cuanto a la materia de fracaso escolar o de generación de empleo sean escandalosamente dramáticos. Pero no parece que sea importante esto. Ni los unos ni los otros se sienten causantes o co-protagonistas del milagro de que cada vez parezcamos, y a veces lo seamos, un pueblo más pobre. Al contrario justamente de lo que debiera ser.

Pero como en todas las oscuridades, siempre hay que buscar la presencia de una luz al fondo. Me enorgullece ver que tenemos próxima también a otra juventud que, en mi pueblo y en otros, levanta la cabeza a pesar de las dificultades, que se preparan, que estudian una carrera o un oficio, o que quieren trabajar desde que pueden hacerlo y eligen ese camino con pleno convencimiento, voluntariamente, que emprenden aventuras nuevas, o que tienen inquietudes en las bellas artes, o que la ciencia les enseña que no hay misterios inescrutables y que no tienen miedo a estar lejos porque ya no existen distancias  insalvables o que están dispuestos a vencer la barrera del idioma y se expresan en lenguas distintas a la nuestra.

Esta juventud es la que debe tomar conciencia de la importancia de la predisposición.  De la trascendencia que para la sociedad en general tiene que ellos estén preparados para ocupar cualesquiera que sean los puestos desde los que determinen lo más conveniente para el resto. De mostrarse aptos y suficientemente capacitados para saber elegir, para cuando llegue la hora en que les toque tomar decisiones, porque será a ellos y no a otros a los que les tocará acertar o equivocarse

Ojalá podamos pensar con satisfacción los que para entonces seamos sus padres o abuelos, que hemos sabido guiarles por el buen camino. Es nuestra responsabilidad ahora. Y como dice Pedro Juan, todo lo importante, las cosas más importantes son perdurables. La responsabilidad es buena cosa que hay que transmitir. Por su bien, por el nuestro, y por el de los siguientes.

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