Rocío Fernández Berrocal

Cien años de Platero

por 09 de septiembre de 2014, 264 visitas
Artículo de la Doctora en Filología Hispánica, Rocío Fernández Berrocal.
CIEN AÑOS DE PLATERO Y YO

Conmemoramos en 2014 una celebración importante y emotiva en las letras españolas: el centenario de la primera edición de Platero y yo, la obra más Universal de JRJ, libro de lectura recomendado en los colegios de España e Hispanoamérica en el que tantas generaciones han aprendido a leer y uno de los libros traducidos a más lenguas del mundo después de  la Biblia y El Quijote (se ha vertido a 48 idiomas). Platero y yo vio la luz por primera vez el 14 de diciembre de 2914.

Incuestionada ya y de obligado y justo reconocimiento la figura de JRJ sobresale en el panorama de la literatura universal del siglo XX junto a otros poetas enormes como Rilke, Eliot y Pound, porque, como dijo Borges de Quevedo, más que un autor, es toda una literatura. Padre de la generación del 27, su trayectoria poética representa la evolución de la literatura española del siglo XX. JRJ ha sido denominado por el que fue director de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha, uno de nuestros “clásicos modernos” y su obra Platero y yo confirma ese valor de atemporalidad y modernidad que, traspasando tiempos y espacios, mantiene intactas toda su fuerza y delicadeza.

Tú, Platero, estás solo en el pasado. Pero ¿qué más te da el pasado a ti que vives en lo eterno, que, como yo aquí (…) tienes el sol de cada aurora?

Platero, como el Cid, La Celestina, Don Quijote o Don Juan, se ha convertido en un mito literario, ha alcanzado esa categoría. Platero es inmortal. Si pensamos en dos obras que representen las letras españolas, en España y en el mundo, estas son El Quijote y Platero y yo. Y, ciertamente, es un honor venir aquí a hablar de una de ellas en homenaje a la memoria de nuestro Andaluz Universal JRJ. Escribe JRJ:

Voy y vengo
por mi biblioteca,
donde mis libros son ya luz, como los otros,
igual que por mi sueño adolescente.
(…) Tengo,
en círculo distante, lo infinito.

Lo infinito en su Obra, lo infinito en sus libros, luz permanente en su biblioteca y en las nuestras, faros luminosos que nos sobrevivirán. Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando.

Reflexionamos en este artículo sobre la Poesía contenida en Platero, destacaremos la espiritualidad y trascendencia que impregnan sus páginas, la fusión que el poeta logra con la naturaleza a través del burrito universal. Contaremos la manera accidentada en la que se publicó la primera edición del libro, comentaremos el exquisito tratamiento de la prosa en la obra y terminaremos con un recuerdo lírico hacia Moguer.

Según recordaba Graciela Palau de Nemes, biógrafa del poeta que lo acompañó en sus últimos días en Puerto Rico, Platero y yo fue relevante para la candidatura del Premio Nobel en 1956 que ella preparó con Zenobia poco antes de que muriera. Se requería para que se optara al premio que el candidato hubiera publicado el año anterior a la nominación un libro de carácter idealista que hubiera tenido un impacto reciente y, si no, que tuviera un libro que se valorara por su importancia y calidad. Platero y yo era el libro más conocido de JRJ y ese mismo año había sido traducido al Braille. En el comunicado de la Academia sueca se destacaba del escritor: “Por ser un soñador idealista, JRJ representa la clase de escritores a quien Alfred Nobel gustaba de apoyar y recompensar. Representa -decían- la alta tradición española”. Destacaron por encima de todo su “alta espiritualidad y su pureza artística”, claves de su trayectoria porque lo espiritual y lo ideal guiaron siempre sus pasos vitales y artísticos. Escribe en Platero y yo:

Es que hay una vida espiritual que vive dentro de la real; es que la vida de los sentimientos y de las ideas es la verdadera vida, la única vida.

Sentipensamiento. Toda su obra es una exaltación del espíritu y del ideal de pureza. Para expresar esa belleza del espíritu que observamos en Platero y yo, la realidad se presenta en la obra tamizada por el alma del poeta que nos devuelve la existencia engrandecida, el ideal de la naturaleza y forma de vida al que el poeta aspira, un ideal que enlaza con los valores de la Ilustración Libre de Enseñanza: amor a la naturaleza, a los animales, a la belleza y cultivo del espíritu.

El poeta mejora el mundo a través de su estética, que es su ética. Ese mundo noble de Platero es el mundo de JR, el que canta JR. El mundo que nos deja en la obra es un canto, es un poema. Y el poeta se hace poesía misma fundido en la palabra. Como señaló en Espacio, "el escribir de un poeta, como su vivir, es un poema".

Juan Ramón deambula con su barba negra y su traje negro junto a su burrito de acero de plata y luna por los campos moguereños dejando en libertad sus sentidos. Lo llamaban loco como a Don Quijote y como él persigue también su ideal, sus reflexiones en la obra participan de este ideal.

Nosotros, Platero, vamos a ir despacio, tú con tu lana y con mi manta, yo con mi alma, por el limpio pueblo solitario.

La realidad presentada en Platero y yo está plena de lirismo, sentimiento y emoción; él mismo dice que lo que le “confiesa” a su “burrillo de plata” son, precisamente, sus “emociones”.

Desde un ensanchamiento interior del alma plasma la realidad porque lo que ofrece es, según él describió, una “selección del mundo que uno se complace en dilatar en alma”:

Y el alma, Platero, se siente reina verdadera de lo que posee por virtud de su sentimiento, del cuerpo grande y sano de la naturaleza que, respetado, da a quien lo merece el espectáculo sumiso de su hermosura resplandeciente y eterna.

Con ello la prosa de Platero y yo se acerca a la poesía que él denomina poesía “del alma iluminada”, como escribe en Platero y yo con ecos de San Juan de la Cruz, y así lo expresa en el capítulo “El arroyo”:

Y anda uno semiciego, mirando tanto adentro como afuera, volcando, a veces, en la sombra del alma la carga de imágenes de la vida, o abriendo al sol, como una flor cierta, y poniéndola en una orilla verdadera, la poesía, que luego nunca más se encuentra, del alma iluminada.

Habló de “alma encendida” en su libro Melancolía. Escribió que la “luz del alma” lo lleva al “dios de lo bello”, ese dios en minúscula que es conciencia, conciencia que es para él esencia, que es el nombre conseguido de los nombres, su dios deseado y deseante.

Encontramos en la obra una aspiración espiritual de trascendencia que va más allá de esta aguda captación de la realidad. Se aprecia la expansión espiritual del ser humano en sus expresiones cotidianas mostrando ese deseo de trascender lo cotidiano, “un subido sentir” que diría San Juan de la Cruz.  Así, en el capítulo capítulo décimo, titulado  “Ángelus”, el poeta, guiado por un fuerte impulso interior, lo manifiesta:

Parece, Platero, mientras sueña el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienda ya entre las rosas…

Recordemos que Platero no bebe agua del cubo por la noche, JR dice que se bebe las estrellas. Y en “Noche pura”, el capítulo ciento veinte, escribe igualmente:

¡Qué fuerza de adentro me eleva, cual si fuese yo una torre de piedra tosca con remate de plata libre!

Ortega y Gasset reconocía en su obra Meditaciones del Quijote (obra que JR publicó cuando estuvo al frente de las ediciones de la Residencia de Estudiantes), que “hay dentro de cada cosa la indicación de una posible plenitud” y que es responsabilidad del poeta “perfeccionarla, auxiliarla, para que logre esa plenitud”. Esa plenitud la experimentaba JRJ en la naturaleza, en Moguer, su pueblo universal y ante uno de los símbolos más poderosos para él, “el pino de la Corona”, que se transfigura para él, según escribe en la obra, en un “cuadro de eternidad”, “término verdadero y eterno -dice- de mi viaje por la vida”. Es un pino, plena naturaleza,  el que representa su viaje por la vida, alto y puro.

Platero y yo representa los valores más altos de pureza y transparencia. Y con ello pensamos inmediatamente en su concepto de “poesía pura”, que, como él explicaba, no es poesía “casta ni noble”, sino poesía “auténtica, clara, viva”, como la naturaleza misma, como ese Moguer simbolizado en el pino de la Corona, la fuente vieja o en el burrito universal. Es a la naturaleza a quien canta en Platero y yo, a la pureza. Encontramos además en la obra la definición de lo que él entiende por poesía. Nos explica que debe ser “sin ripio”, “pura”, aspiración constante hacia donde conduce su poesía, “pura”, escribe, como el vuelo de una mariposa:

Platero, ¡mira qué bien vuela! ¡Qué regocijo debe ser para ella el volar así! Será como es para mí, poeta verdadero, el deleite del verso. Toda interna en su vuelo, de ella misma a su alma (…).

Cállate, Platero… Mírala. ¡Qué delicia verla volar así, pura y sin ripio!

En Platero y yo se encuentran varias de las claves de la producción poética posterior de JRJ. Desde Platero y yo la naturaleza aparece como referente principal y el poeta como contemplador, como perseguidor de la belleza, de la sencillez y espiritualidad a la búsqueda siempre de la pureza y la verdad en ese camino comprometido de conciencia poética hacia la esencia de la trascendencia.

El mundo y las cosas del mundo podían verse para JRJ desde infinitos enfoques y escribía en su libro Alerta que él solía mirarlos desde los puntos de vista más elevados de todos: los de la poesía, de la belleza y del amor porque “la paz ambiente (…)  está y debemos buscarla por la belleza y la verdad en la vida, en la poesía” (lo señaló en su conferencia “El trabajo gustoso”, publicada en su libro Guerra en España). Desde esa mirada nace Platero y yo y desde esos puntos de vista, su centro gravitatorio, nacen su verso y su prosa: la belleza, la verdad, la paz y la poesía, sin olvidar el amor, que en su conocido soneto “Octubre” quería plantar para mostrar al mundo “el árbol puro del amor eterno”. Y en su libro Apartamiento (inédito hasta el año pasado), que supone un diario espiritual paralelo a Platero y yo, pedía: “Que esta primavera / que empiezo a sentir dentro de mi alma, / florezca de una vez, alta y espléndida”. Primavera que alumbró toda su obra, primavera del “alma iluminada”, “alma encendida”, “luz del alma, dios de lo bello”, el nombre conseguido de los nombres.

En su constante ejercicio de entrega a la palabra JRJ puso siempre lo limitado del ser al servicio de lo ilimitado, lo particular al servicio de lo universal, consciente del poder de trascenderse por la palabra, vertiendo su vida en su obra -que evolucionaron conjuntamente- con su fe en lo infinito, sintiéndose a veces, como él mismo dijo, “mártir” de la fuga raudal permanente que era su escritura en continua metamórfosis (así lo decía él), acumulando, como al poeta le gustaba decir, su “esperanza en lengua”. Y puso todo su empeño, todo su ser, toda su “intelijencia” para dejar no solo ideas, sino, como destacaba Borges, dejar “eternidades”, las que él denominó “constancias del alma humana” y, así, la permanencia. JRJ escribió en su libro titulado precisamente así, Eternidades:

Lo seré todo,
pues mi alma es infinita;
y nunca moriré, pues que soy todo
(…) en este hacerme yo a mí mismo.
 
Platero y yo representa muy bien estas ideas de permanencia de la obra, de universalidad e infinitud del libro que sobrepasa al propio autor, que lo desborda y que adquiere una dimensión casi independiente al propio creador, con vida propia y casi desligada de su hacedor. O puede, en ocasiones, que las personalidades se fundan para ser una sola, tal como ocurrió con Juan Ramón y Platero en Puerto Rico, donde, según contaba la enfermera que cuidó al poeta cuando faltó Zenobia, Mª. Emilia Guzmán, en las escuelas de la isla, la “isla de la simpatía”, como la llamó Juan Ramón, donde Platero y yo era el libro de lectura recomendada en los colegios, los niños conocían al poeta mejor que nadie y lo llamaban cariñosamente “Platero”. Recordaba la enfermera que al escritor le encantaba hablar con los niños y escribirles dedicatorias en sus cuadernos, algo que a ella le sorprendía mucho porque, según explicaba, “costaba lo indecible hacerle firmar una carta o un libro de los que le enviaban (…) personas a veces muy importantes”. Cuentan que, en la Sala Z-JRJ de Puerto Rico que el matrimonio acondicionó con sus libros y enseres, y que tuve la suerte de visitar junto a mi marido que nos acompaña en el público, el poeta no recibía a casi nadie, pero llegó una niña ciega que leía Platero en Braille, y la acogió emocionado. Asimismo se conservan cartas que el poeta intercambió en España con una niña lectora de Platero, Gazou. Se recogieron en el segundo tomo del Epistolario de JRJ publicado por la Residencia de Estudiantes. En esas cartas se revela al JR más humano y cariñoso.

La lectura de Platero y yo en Hispanoamérica se hacía de forma regular en todos los colegios cuando en España se leía Corazón de Edmundo de AmicHis.

Hablábamos de la fusión entre el poeta y Platero. Leemos en la obra:

La letra, Platero, que tú me dictaste (…). Y hasta me parece, Platero, que tu burro espiritual, tu burro poeta se sale de ti, y mientras tu cuerpo empuja mi cuerpo, tu fantasía me empuja la fantasía.

Mientras yo, fundiendo espiritual con lo material en férreo nudo, suspirando y rebuznando a la vez, me metía a mi capricho, ya libre de ti, y te metía a ti que no te importan un comino, por mi amor, por mi belleza y por mi gloria.

He escrito este libro tan bello que es tú mismo- sobre ti; para eso he perdido tanto tiempo soñando y pensando en ti a través de la cancela al sur de mis recuerdos de colores amarillos; y he hecho, por ti, cuadra mi casa blanca, pesebre mi mesa viva, cebada mi voluntarioso corazón.

Platero se juanramoniza, como Sancho se quijotiza, después de que Juan Ramón lee con él a La Fontaine, Omar Khayyám, Ronsard, Shakespeare, Quevedo y Leopardi. Con sus cuatro años, Platero no asiste a la miga (donde “desasnan” a los niños, así lo dice Juan Ramón), su escuela de vida es el poeta, que lo enseña a mirar el mundo y a valorar la belleza:

Vente conmigo -le dice a Platero-. Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman (…) dos orejas.

A la primavera, Platero, hemos de ver al pájaro salir del corazón de una rosa blanca.

Y, por su parte, Juan Ramón se hace naturaleza, se funde con el medio natural a través de la figura
de Platero. Cuando muere, el alma de Platero “lleva montada en su lomo de papel” el alma del poeta que el escritor reconoce que a su lado “se hace más buena, más pacífica, más pura cada día”:

Dulce Platero trotón, burrillo mío, que llevaste mi alma tantas veces -¡solo mi alma! por aquellos hondos caminos de nopales, de malvas y de madreselvas.


Nos detenemos ahora en recordar cómo vio la luz la primera edición de Platero y yo cuyo centenario conmemoramos, una historia con anécdotas que va unida a la relación de amor entre Juan Ramón Jiménez y Zenobia, más bien, unida un momento de desamor. Les explico. JRJ se comprometió en 1914 con el director de la editorial La Lectura de Madrid, Francisco Acebal, a darle una de las traducciones que preparaba con Zenobia, el libro de Tagore La luna nueva. En ese momento la labor de traducción del poeta iba más allá de lo meramente literario y constituía una forma de acercamiento a Zenobia, de quien se había enamorado en 1913 y quien el había dado a conocer pasajes de la obra de Tagore dado que ella veía gran afinidad entre ambos autores. Esto se revela en una carta que JRJ le escribió en la primavera de 1914:  

Querida Zenobia:
Antes, cuando volvía a casa por la Castellana, me encontré a Acebal, el director de «La Lectura». Hablando de la biblioteca (que ahora va a publicar) para niños, me rogó que hiciera alguna «cosa» a propósito. Yo había pensado, hace meses, darle una «Elegía» en prosa que tengo escrita; unas escenas entre el asnucho y yo. Pero como ahora este librito va en la edición completa de mis obras, no me conviene darlo a «La Lectura». Le he propuesto una traducción del libro de Tagore que esta tarde me ha enseñado usted. Ha aceptado. De modo que ya sabe usted que hemos de traducirlo. Ahora: (prescindiendo de toda otra cosa) ¿no será posible dedicar a esta labor dos tardes por semana? Un par de horas cada tarde. En caso afirmativo, ¿cuándo podríamos empezar? ¿El jueves? ¿Sí? ¿A qué hora?

Recuerdos

Suyo afectísimo.
J. R.


Impaciente nuestro poeta de Moguer.

Zenobia no accedió al cortejo del poeta en un principio y los inicios de la relación fueron complejos, concretamente en ese año 1914 algunos distanciamientos impiden que terminen la traducción a tiempo.

La verdad es que JRJ no tenía por entonces en gran estima el libro Platero y yo, como se desprende  de las expresiones que emplea para referirse a esa “elegía en prosa” con “escenas entre el asnucho y yo” que había escrito además con mucha rapidez, tal como le confesó a Ortega y Gasset: “Ninguna de las pájinas de Platero me había llevado más de diez minutos”. Esta visión cambió luego.

Reconoció que la mayoría de los textos los escribió en 1912, aunque ya en 1906 existían algunos de ellos. Como finalmente adscribió Platero y yo a sus Obras completas, pensaba, como se apunta en la carta, que no era conveniente publicarlo en ese momento en La Lectura. Pero, al no entregar la traducción prometida, Acebal publicó el libro sin contar con el poeta que quedó muy descontento con el resultado de la obra a la que calificó de “edición menor”, solo “un pedazo de este libro”, ya que Acebal eligió los capítulos que conformaron la obra, 63 en total, alteró su orden y lo dirigió a un público infantil subtitulándolo “Libro escolar”. La obra se encasilló erróneamente desde el principio al género de la literatura infantil. JRJ decía que él nunca había escrito para niños, que él escribía “para quien escriben los poetas líricos”.

La edición se presentó de un modo poco juanramoniano, ilustrada por Fernando Marco con dibujos que a Juan Ramón le parecieron “elementales”, encuadernada en cartoné con una portada floreada y una etiqueta pegada con el título donde no figuraba ni siquiera el nombre del autor. Tenía 150 páginas, su precio era de dos pesetas y la tirada fue de ocho mil ejemplares. Esta primera edición que cumple en 2014 cien años se encuentra en la Casa-Museo de Moguer.

Tres años después sale otra edición de Platero y yo en la editorial Calleja con 138 capítulos preparada, esta vez sí, por el poeta. El éxito de Platero y yo fue arrollador. El 19 de junio de 1926 salió otra edición y una reedición en la Residencia de Estudiantes que se vendía al precio de seis pesetas, se hicieron 4.000 ejemplares y el poeta cobró 3.000 pesetas, una cifra muy alta por entonces. En 1936 se publicó en Signo y, tras la muerte del poeta, en los años 60, el libro se publica incluyendo el texto “Platero y los jitanos”, que se suele adjuntar en los apéndices de la obra. En ese texto el poeta critica la edición de Acebal, lo califica de  “editor jitano” y  llama a su edición “burro robado” (que evoca el burro robado en El Quijote a Sancho Panza; recordemos que Cervantes culpa a los impresores de la omisión de los capítulos del robo y posterior rescate del burro).

Como Cervantes rescatara a su Don Quijote del apócrifo de Avellaneda, JRJ preparó esa otra edición posterior de la obra a su gusto y más digna. El poeta tenía la intención de ampliar el texto hasta los 190 capítulos; de hecho, existen escritos adicionales en las décadas de 1920 y 1930. Juan Ramón planeó también una segunda parte, denominada Otra vida de Platero, de la que incluso esbozó algunos títulos, un proyecto que, como el de publicar Platero y yo en cuadernos sueltos, nunca llegó a ver la luz.

La colección para público infantil de La Lectura de Acebal contenía otros títulos como Las florecillas, de San Francisco, El conde Lucanor y La vida es sueño, clásicos todos adaptados para niños siguiendo los principios institucionistas de la Ilustración Libre de Enseñanza de colaborar con la regeneración juvenil del país. Como comenta Juan Ramón:

Don Francisco (Giner de los Ríos) fue uno de los primeros buenos amigos de mi burrito de plata. Y si el librillo caminó tan bien, fue porque él sacó a Platero por el ronzal hasta la puerta de la vida.

Giner fue uno de los que más difusión le dio a la obra. Había sido su regalo de Navidad a sus amigos y, en su lecho de muerte, cuando Juan Ramón acudió a despedirlo, le dedicó un sabio elogio que el poeta de Moguer tuvo presente siempre:

Me lo dio abierto por la pájina de la muerte de Platero: “Es perfecto”, me dijo lento. “Con esta sencillez debe usted escribir siempre”. Volvió a tenderme de pronto su mano sobre la colcha; sonrió forzado y añadiendo: “Pero no se envanezca”.

El estudioso y amigo del poeta Ricardo Gullón, que tuvo acceso a los manuscritos finales de JRJ, precisó que el poeta siguió corrigiendo Platero y yo hasta los años 40 y 50 buscando la sencillez y la naturalidad y comenta que en las últimas revisiones que hizo el escritor de su obra el libro ya no aparece dedicado a Aguedilla, “la pobre loca de la calle del Sol que me mandaba moras y claveles” sino a Giner de los Ríos por la difusión que hizo de la obra.

La prosa de Platero y yo se asoma a nuevas dimensiones de la prosa en español. El propio Juan Ramón dice que quiere “espresar con palabra lírica aquel espectáculo sobrecogedor”. Encontramos en la obra un tratamiento poético del lenguaje deslumbrante pleno con continuos hallazgos líricos. Estamos ante una prosa rítmica que se detiene y recrea en la belleza, en la delicadeza, plagada de sensaciones, impresiones, reflexiones y lirismo permanente a través del sabio empleo de los adjetivos, un logrado tratamiento del cromatismo en una escritura de estilo impresionista, sincrético, mediante metáforas, símiles, apóstrofes y vivificaciones del paisaje, marco de referencia, en una exaltación que nace del corazón del poeta, como JRJ deja claro en muchos momentos de la obra: “escucho mi hondo corazón sin par…”;  “mi alma se derrama, purificadora, como si un raudal de aguas celestes le surtiera de la peña en sombra del corazón”.  

Asistimos a una nueva manera de expresar, de mostrar la realidad, con nuevos enfoques y nuevas luces, con el pulso lírico de lo local universal, la sugerencia de los matices del alma, la sencillez de la pureza, el camino de salvación por la belleza y el amor universal. Decía María Zambrano que poetas como JR o Rilke es a través del amor como conocen la realidad. JRJ escribió en Espacio:

¡Amor, contigo y con la luz todo se hace, y lo que haces, amor, no acaba nunca!

La prosa se inunda en Platero y yo de “suspiros y risas, colores y notas”, siguiendo el legado de Bécquer y de la prosa poética de sus Rimas. Es el primer escalón de renovación del panorama literario español del siglo XX antes de Diario de un poeta reciencasado, donde también, como Juan Ramón escribe, “la que viaja es mi alma” guiado nuevamente por su ideal y donde da rienda suelta a lo que ve y siente, como también hará en Espacio. Lo que en España es Diario a la poesía, lo fue Platero y yo a la prosa. En Platero y yo la prosa abre sus alas al pensamiento y al sentimiento, a la introspección, a la lírica y a los sentidos; con Diario de un poeta reciencasado la prosa también participa de lirismo y el verso narra para que las raíces vuelen y con Espacio las alas arraigan en rapsodia continua donde el poeta se convierte definitivamente en poesía, “estación total”.

Platero y yo se inserta en lo que denominaríamos la nueva prosa española. La obra ha sido calificada de “poema en prosa”, “cuento”, “relato poético”, “colección de estampas líricas” y, también, “género Platero”. No es, como se ha dicho en alguna ocasión, un libro de poesía en prosa. Es prosa lírica, rapsodia lírica, “fuga luminosa” como apuntábamos al principio.

Platero y yo es, según el estudioso Antonio Campoamor, una “biografía lírica de Moguer”. Julián Marías lo definió como “novela lírica” porque la asemeja a la narración en esa “soledad comunicada” que constituye para él la obra, que anticipa rasgos importantes de la novela que en los años veinte se llamará “novela lírica”. Andrés Trapiello la llama “maravillosa novela viva y moderna”, “tan aguda, tan sensitiva y bien humorada”, “prosa cantarina de una fragua”. Realmente, JRJ nunca llegó a terminar una novela, aunque empezó varias, solo remató lo que él denominó “cuentos”; prefería el vuelo corto intenso y, como le señalaba a Cernuda en una carta, esa sensación de “lo que queda”, la esencia que permenece, la poesía, al “asunto”; ya advirtió Federico de Onís que Platero y yo era “prosa esencial”.

Los capítulos de la obra constituyen “estampas líricas” de gran introspección unidas por el protagonista y la naturaleza, el pueblo de Moguer, en la que el movimiento del tiempo a través de las estaciones mantienen un ritmo sostenido por los elementos intrínsecos de la sorpresa, el hallazgo y la ilusión. La luz proyectada sobre todo, el tiempo y el espacio aúnan la obra.

Muchos cruzan los límites y hablan de Platero y yo como largo poema en prosa, pero, realmente, hablamos de prosa lírica, como la que luego desarrolló Cernuda en Ocnos o Muñoz Rojas en Las cosas del campo, que el profesor Jorge Urrutia pone también en conexión con La Rambla, de Carmen Conde, y Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio.

El verso piensa y la prosa reflexiona con emoción en la obra de JRJ. En Platero y yo se cruzan los tradicionales caminos de expresión poética para “sentir en prosa”, para que vuelen la conciencia y el alma.

Andalucía en general y Moguer en particular le despiertan ese deseo de “sentir” en prosa. Platero y yo, subtitulado “Elejía andaluza” inicia la estela de la presencia de Moguer en la obra de JRJ, huella permanente, sombra luminosa y alargada que se hará presente en sus otras “Elejías andaluzas”, libros como Entes y sombras de mi infancia, Josefito Figuraciones y Piedras, flores y bestias de Moguer y en otras obras como Vida y muerte de Mamá Pura (que se inicia con el texto “Florecillas” de Platero y yo), o Diario de un poeta reciencasado, Espacio y Tiempo. En todas está presente Andalucía. Él dijo en una entrevista que hacia Andalucía lo guiaba, lo llevaba, un “sentimiento de eternidad”.

En la obra el protagonista no es solo Platero, sino todo el pueblo moguereño porque, como escribió el autor:

En la propia fuente del pueblo y en su esquisita selección tradicional (nadie más fino ni más delicado que el pueblo español para inventar y escoger) aprendí a elevarme. Yo (…) exalté (…) de mi pueblo (…) lo más sensitivo y lo más noble, lo más natural de su corazón y de su cabeza.
Moguer, su pueblo, representó para Juan Ramón Jiménez su centro vital y poético y un referente constante a lo largo de toda su vida. Moguer, “esa blanca maravilla”, epicentro, cuna y paraíso, va ligado a su niñez (“el nido limpio y cálido”), a su Mamá Pura (“Moguer, madre y hermanos”), a los campos de Platero, a su primer amor (Blanca Hernández-Pinzón) y a todos los recuerdos que pueblan su mundo interior.

Platero y yo es un caleidoscopio moguereño en el que se transmuta la realidad en sentimiento poético. Moguer, el pueblo de “infinito cielo de azul constante”, como escribe en Platero y yo, “el cielo azul, azul, asaeteado de mis ojos en arrobamiento”, donde es un “sencillo pacer diario” pasear “el campo, silencioso y ardiente” que “brilla (…)”, allí “es la soledad, escribe,  como un gran pensamiento de luz”. Fuga luminosa.

Los textos moguereños de Juan Ramón Jiménez muestran muchos de sus rasgos biográficos y literarios más característicos: su honda sensibilidad hacia los desfavorecidos, su conocimiento de un amplio abanico de personajes reales de los que retrata sus perfiles más curiosos y sublimes, el fuerte arraigo a su tierra, su proyección universal del paisaje.    

En Platero y yo se muestra la comunión intensa y honda con los seres naturales que representan la pureza, la inocencia, el candor que va perdiendo el hombre. De ahí nace una manera de ser y estar en el mundo, no en vano, como dijo Ortega de Cervantes, “un estilo poético lleva consigo una filosofía y una moral”. La espiritualidad contenida en Platero y yo contiene una dimensión ética que Gregorio Martínez Sierra consideró revolucionaria, “una regeneración ética y estética”.

Concluimos. JRJ intuía que su legado perviviría traspasando tiempos y espacios. Escribió: “Creo en la perpetuidad de mi obra porque he derramado en ella mi vida, y esta vida no puede estinguirse”. Cumplió su deseo de vivir siempre en poesía, siguiendo lo que él denominaba la “aristócracia de intemperie”, que era para él vivir de forma sencilla y espiritual, dedicado a su “trabajo gustoso”, cultivando sus ideales de verdad, belleza y poesía y haciendo, como señalábamos al principio, "el escribir de un poeta, como su vivir, un poema". El nombre de JR irá ligado para siempre a Platero, fuga luminosa infinita, como el alma iluminada, alma encendida del poeta.
 
Pues que mi alma es infinita, -dice Juan Ramón-
y nunca moriré, pues que soy todo.

Gracias, vida, porque he sabido
entrar en el secreto del espíritu.
(Gracias porque he querido
llegar a lo infinito).
Gracias, muerte, porque he podido
sostenerte en el mar del idealismo.



Rocío Fernández Berrocal

Doctora en Filología Hispánica

Añadir comentario