Vard

En una de mis vidas anteriores habré sido patéticamente romántica

por 02 de agosto de 2016, 562 visitas
Un relato que es un reflejo de la realidad.
Dicen que el corazón es el tesoro más precioso, allí se encuentran guardados en un recóndito cofre nuestros sentimientos y emociones más íntimos, que procuramos pudorosamente encubrir por mucho que estén ávidos de prosperar. Es, sin duda, el lugar más enigmático de nuestro cuerpo, un libro cuyas páginas están repletas de secretos, que puede ser robado pero jamás sobornado. Parodia ser el centro de un mundo distinto del que le rodea, un astro cuyo resplandor reflejara las llamas de nuestras almas incandescentes, pero débil claudica en claroscuros, medra en páramos, y esa es precisamente la razón de su fama, las contradicciones que nos hacen humanos, demasiado humanos. Muchos alardean de conocer los misterios de su magia, los duendes de sus embrujos, aquellos que habitan aprisionados en el doble fondo del baúl de los recuerdos, pero realmente son muy pocos los escogidos que alcanzan a descifrar los vaivenes de sus pulsiones que insólitas emergen arrebatadas e incontrolables oscilando de la alegría al duelo, y viceversa. Incesante péndulo que tensa y destensa cada uno de sus latidos.
Sin embargo, hay falsos profetas que dicen revelar que no es factible residir en un valle de lágrimas y ser al mismo tiempo dichoso, ilusos que no reconocen, que no escuchan la ley ni las palabras del amor. Fariseos que se rasgaban hipócritas las vestiduras, que carecen de verdaderos afectos porque su corazón se ha convertido al compás de sus miserias en un glaciar helado incapaz de derretirse ni con los cálidos abrazos del mismo sol. Ese sol de los amantes que cada amanecer, ineluctablemente, nos cita en el albor, nos sorprende con su primera luz.
Por ello, por muy desgarrador que sea nuestro llanto interior, solo un ignorante – zafio patán, menos por necio que por avieso - se atrevería a afirmar que tras ese infortunio y ese clamor nuestro corazón esconde mezquinas acechanzas cuando en realidad sus únicos pecados son haber deseado demasiado vivir intensamente, y el despecho de no haberlo logrado plenamente. Ese anhelo insatisfecho, ese impulso da pábulo a mi agonía y es la fuente que jamás cesa de mis tribulaciones.  Herida abierta – que aún no ha cicatrizado -  únicamente mitigada al narrar una y otra vez en diferentes acordes aquella bella historia que me tocó vivir en una hermosa noche en la que entre el arrullo de nuestros propios suspiros escuchamos el gallo del alba, el rumor de la brisa a través de la flor del tabaco de tu aliento, y las caricias del aleteo de las mariposas sobre nuestros cuerpos desnudos. Pero a la manera de los cactus, cuyos brotes florecen en la oscuridad, tus púas me desgarraron el alma. Funestas fueron las consecuencias, pero yo estaba enamorada. Si hoy a la luz del entendimiento tuviera que resumir aquella vivencia declararía que dulce fue la pesadilla, y que bendita otra vez la viviría.
En aquella noche generosa, cuando el resto de los humanos eran hipnotizados por la ambigua sonrisa de la luna, no abandoné tu lecho con sigilo ni salí volando hacía los brazos de la Madre Naturaleza, elegí el camino más duro cobijarme en el remanso de tu pecho, pero pagué cara la apuesta. No pude rehuir tropezar con ese vagabundo botarate que eres, que hastiado de la vida se niega a vivir y si acaso alguna vez lo urde siempre hace trampas. Yo, en cambio, ansiaba alcanzar la felicidad que para mí consistía ser incondicionalmente esclava del Amor, que en aquel momento se me manifestaba en tu persona, turbia y cicatera, pero estaba enamorada. Al llegar al lugar del encuentro, me rendí en los brazos del piélago de silencios de tus ritmos, gozando confiada de la paz y la ternura nocturna que aspiraba de antemano. Tú eras mi yo, yo te había fabricado previamente y de los materiales de tu cuerpo inventé el avatar de mis deseos, la reconstrucción de un Dios alumbrado en lo más hondo de mis vísceras. En mi mente brota ahora la duda de si aquello fue real o forma parte de mi exuberante fantasía, ficción que no cesa, y que me acompañará por siempre jamás.
Esa misma noche, dejándome llevar por el ritmo de las olas – la luna reilaba sobre sus ondas - no resistí a la tentación de unirme a la danza del mar, el mar océano de mis pasiones. En un instante, el agua deshizo mi maquillaje, y no dejo rastro de mi peinado. Nueva, desnuda, purificada por la sal y las algas, mis cabellos flotaban salvajemente sobre mis hombros y el fulgor de mis ojos iluminaba la superficie de cristales de los reflejos cambiantes de las corrientes – nieve, niebla, nubes diluidas en alhajas y aderezos que me vestían - como si de un lucero se tratara.
El quedo sonido de las olas del mar me arrullaba, de la misma forma que el anochecer encandila y adormece al sol en su lóbrega e ignota mirada cuando se aleja al poniente. Me seducía confiarte la llave del cofre que escondía en mi interior y abandonarme a la ilusión de la noche. La naturaleza me había devuelto por un instante la gracia de sentirme como si acabara de nacer, como si nada importara y que, por tanto, virtuosa pudiera obrar libre como más me placiera sin más límites que los de mi imaginación, lo que a la luz del día yo misma llamaría cometer una locura.
En aquel momento, cuando estaba a punto de entregar mi cuerpo entero y mi alma en vilo a las caricias de las aguas, de repente, me percaté de que algo perturbaba la excelsitud del instante. Tú eras la sombra del hombre de mediana estatura que repetidas veces había visto pasear por la playa, pero con él que jamás había tenido la oportunidad de cruzar palabra alguna. Tú eras la materialización de mis delirios, deseos y transgresiones amalgamadas, un desconocido que me había arrastrado a su lecho, sin tipo alguno de cortejo, ambos guiados únicamente por apetitos primordiales. No puedo negar que sentí pánico y angustia, pero la voz del instinto era demasiado poderosa, por lo que perseguí el esplendor de tus ojos, nadé hasta la rada de tus brazos, y allí exhausta me rendí. Aquella tarde gris tu presencia había despertado mi curiosidad y excitado mis atávicos ardores, así sin palabras, sin razones ni culpas, en cuestión de segundos, sin saber exactamente por qué, aparecí entre tus brazos, ceñida a tu piel de brea y a tu camisa de lino, consciente de haber perdido el juicio.
En la madriguera de tu torso me invadió una sensación irrefrenable de placer apenas sentí tu calor corporal, tus manos sujetaban fuertemente mi cabellera por la nuca mientras tus profundos besos me rozaban el alma. Embriagada, en éxtasis te recibí abierta en canal como una res despojada de todos sus órganos menos la eminencia de mi sexo, monte de Venus en erupción, incontenible lava, fuego, pasión. Y en la húmeda melodía de aquella muda poesía, cuyas estrofas, una a una iba desgranando sin holgura, sintiendo una extraña, distinta percepción de mis sentidos, todos ellos crespos y revueltos, una insólita experiencia, el olfato fiero de tu cuerpo, el tacto áspero de tu piel, el sabor de tu boca en la mía, la visión y el peso de las sombras en tu pecho sobre mí, el sonido de nuestros jadeos, vinos, elixires, puyas deleitándome, me sentí completa y eterna. Ha pasado el tiempo, demasiado tiempo, pero jamás se  desvanecerán en mí el ímpetu de tus abrazos, ariete en mis entrañas. Como una niña caprichosa, exaltada por tus esencias, el olor a misterio y a desconocido que desprendías, sucumbí a esa extraña enfermedad crónica llamada “erotancolía”, que no tiene cura y sólo puede aliviarse con otros encuentros paliativos cada vez más cruentos e incontrolables, en inéditos y anónimos abrazos urgentes y breves, furtivos y volátiles.
Si inicialmente tuve la impresión que aquella sería mi primera y última  locura porque sucumbiría en el empeño, ahora tengo que confesar que mi corazón me apremia obstinado buscando nuevos abrazos, aunque mi razón murmure remilgada lo contrario, y me aconseje no perder nunca la compostura, pues eso nos es digno de una dama. Pero fue en balde, ya que si bien pude presentir que mi tesoro tan bien guardado acabaría despedazándose para más tarde convertirse en polvo y en nada, y desvanecerse en el aire sin dejar rastro, debo conceder también que no me arrepiento por dejarme llevar por la pasión y el desenfreno de aquel momento, que efímero y perpetuo me acompañará en adelante permanentemente como una parte inseparable de mi misma, un hermoso recuerdo que me puebla y coloniza.
Urgida por aquel incontinente arranque de pasión desmedida, quise en el fulgor de la noche olvidarme de la existencia de la mañana, del despertar del sol, y de la mirada del nuevo día que pronto pondría punto y final a aquella gesta. Ventura y aventura de una mujer que quiere ser libre, especialmente ante ella misma aun en la soledad de la espera tan tenaz de su vida cotidiana. Es condición femenina esperar, pero heroína un atardecer salí a la playa a buscar lo más autentico de mí misma.

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