Ulises Oliva

Tertulias

por 23 de julio de 2017, 70 visitas
Las conversaciones que van dejando eslabones sueltos en la humanidad, en constante cambio.
Las charlas cuando jóvenes se tornan hacia las fiestas y aquellas jergas que se viven, se porta como estandarte las horas que se trasnochan viviendo al límite. Vivir el momento, el presente efímero como suspiro de cianuro, como trago amargo, fermento de lúpulo, destilado de agave, catarsis fugaz, éxtasis y agonía.

Las pláticas entre adultos hablan de proezas de los hijos y de las deudas por pagar, la cotidiana del trabajo, el devenir de recursos que se agotan. Y para el hombre el enemigo silencioso asecha en cada paso, el tiempo, aquél que dicta indiscriminadamente la sentencia del juicio al final del día de insomnio.

Las conversaciones cuando viejos se llenan de dolencias, de falta de apego, lo que no se hizo, lo que nos falta, la falta de querer. Los fármacos que han hecho que tu vida siga en pie y los mismos que a su vez van desgastando tu mirada, se lleva como estandarte cuántas cirugías llevas, cuantos consultorios has pisado dónde alguna vez ha caído tu cuerpo rendido en las noches, taciturno y a veces olvidado.

Cuando anciano las palabras pesan toneladas, son gramos de oro y diamantes en bruto, tanto cuestan que suelen quedar entre labios amurallados por rencores, temores de un objeto obsoleto. Aquellas palabras se sueltan al viento clamando ser escuchadas ligeramente entre el bullicio de los jóvenes impacientes. Para el anciano la moneda más valiosa es ver ligeramente una vez más ese amarillento resplandor de sol y a su vez, ver tu rostro juvenil.

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