Romero Agüero

Ave Fénix

por 11 de mayo de 2012, 598 visitas
Breve reflexión sobre algunas emociones, partiendo de la mitologia y concluyendo en la inesperada similitud que se pueden encontrar, a mi parecer, entre ideologias y mentalidades diversas.
Dicen que un dios piadoso introdujo en la Caja de Pandora, de donde proceden todos los vicios y males de la Humanidad, una única virtud, la Esperanza. Esta anidaría fiel y perdurable, en el alma humana una vez desaparecida cualquier alegría y fortuna en la vida.

Dos mil años después Dante Alighieri sitúa a las puertas del Averno una leyenda que reza: "Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza", identificando la ausencia de ésta, como el elemento esencial del más infernal estado de infelicidad.

Eso dicen los mitos y escritos, pero otros creen que se equivocan. Ese dios pagano en su amable afán por los que nos movemos a ras de tierra, si tuvo la oportunidad, debió optar por ofrecer como último refugio, en beneficio del maltrecho ser humano, no por la engañosa esperanza, sino por la  hospitalaria y humilde aceptación.

Con la resignación muere el hombre, sí, pero no es la muerte absoluta de estas carcasas de huesos, a punto de ser pura tierra sin memoria.  Hay turbadoras paradojas, que solo los años vividos pueden desvelar, tras enormes abismos de dolor, porque no se pueden aprender en los libros, ni comprender de los consejos bienintencionados.

¿Quién diría que la simple esperanza, lo último que se pierde, puede convertirse en el peor enemigo, una emoción que arrastra al agotamiento y la locura?. ¿Quién se imaginaría en la fugaz juventud, que el ansia por la vida, con todo lo que puede ofrecer y a veces ofrece, se puede convertir en una maldición, y la voluntad de superación en un escollo?.

Muchas veces en la hora más oscura, se puede encontrar otra emoción, último valuarte para los mortales, un tesoro inesperado. Este es sencillamente la aceptación de lo inevitable, la resignación. Siempre viene acompañada por la paz y por la supuesta derrota.

Y lo maravilloso y sorprendente es que con esta muerte y renuncia, no tardan en aparecer los albores de la luz que asoma por el este, la vuelta inesperada a la vida. Algunos dicen que se llega al suelo de la conformidad, a la roca dura y firme; la verdadera fuente de la juventud y de toda la potencialidad del espíritu, si tal existe. Ya sólo basta una leve brisa, la sensación del sol en la cara, acaso un bocado, que ya no sabrá a ceniza.

Cuando todo parece perdido, cuando se comprende que lo codiciado no está al alcance, es cuando la serenidad llena de energía los tuétanos, y es cuando las putas montañas se hacen livianas lomas, ya todo se puede cambiar y conseguir. Es un proceso tan viejo como el hombre, de creación tras la destrucción, el desapego a todo deseo que anhelan las filosofías orientales, la negación de uno mismo, que se repite en la lectura de los libros sagrados.

Un proceso amargo de maduración, donde lo que se anhela ha de ser renunciado, todo lo que se teme debe ser aceptado. Puede interpretarse desde el punto de vista de la síntesis hegeliana, tras la tesis y su antitesis, se produce la negación de la negación, llegándose a la superación y, en definitiva, a la auto-reconciliación del ser. A partir de ahí, la revolución interior y exterior parecen estar al alcance de la mano. Como en los años sesenta: “Si no pudieras ver el Sol, que las lágrimas no te impidan disfrutar de las estrellas”. Es morir un poco, morir para poder vivir.

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