Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

"El sentido del oído".

De oido fino

por Jordan R, 07 de julio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

Demasiado fino. Así me definían mis padres de pequeña, allí donde me llevaran, y así acabé yo presumiendo de ello. Pero lo que empezó como una gran virtud, acabó ocasionando grandes molestias a los que me rodeaban. Mis padres se iban fuera de casa cuando querían tratar asuntos de mayores, porque aunque hablasen bajito, yo les oía. Ya de adulta dejé de presumir y acabé enterándome de secretos, sin pretenderlo. Y alguna vez, en la oficina, noté recelos y malas miradas cuando me aproximaba. Siempre tuve un oído muy fino. Hasta aquella noche, que alguien abrió la puerta de mi casa, se coló en mi habitación y me cortó las orejas.

No existen barreras

por Ainhoa R., 30 de junio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

Me estaba mirando. Los ojos le brillaban de felicidad y una enorme sonrisa se dibujaba en su cara. Me acerqué lentamente a su cara y le vocalicé suavemente “te quiero”. Su sonrisa se ensanchó aún más. Mis labios no habían emitido sonido alguno, pero no hacía falta: ella me había entendido a la perfección. No podía oírme. Tampoco importaba. La nuestra era una relación extraña, pero no por ello menos feliz que el resto. Al contrario. Este pequeño problema nos había hecho hacernos más fuertes y la relación se había consolidado rápidamente. Éramos muy felices, constantemente. Y a ambos nos daba igual qué opinaran los demás. Para nosotros no existían barreras. La nuestra era una historia de superación, de integración y, sobre todo, de amor.

Árboles, cielos y pájaros.

por Xhristian D. Bowie, 30 de junio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

El niño lo vio subir las escaleras del porche y acercarse a donde estaba sentado. El señor lo saludó con una gran sonrisa y un apretón de manos. Después de hablar con sus padres, el señor se acercó y al niño y manipuló un costado de su cabeza. Unos instantes después, "sintió" los pasos de su padre, acercándose. Era una especie de chirrido. El pequeño encontró exquisito ese sonido del suelo de madera. A lo lejos, escuchó pájaros cantar, un arroyo que no estaba muy lejos de la casa y decenas de sonidos más llegaron a su cabeza en tan solo unos segundos. Cuando el médico terminó de ponerle el aparato auditivo, la madre se acercó al niño, que aun tenía la mirada perdida entre árboles, cielos y pájaros. Y al escuchar la voz de su madre, la volteó a ver con su boquita desfigurada por el llanto.

Sinfonía cósmica

por Oscar A., 30 de junio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

Al principio escuché el suave rumor de las plantas; armónicos retazos de existencia. Después pude oír aquello que habita en el interior del ser humano; bellas composiciones sonoras en ocasiones, guturales cacofonías en otras. Escuché a las montañas entonar sus cánticos impresos de grandeza, a los océanos en sus salvajes melodías desatadas, la serena tonada que ofrecen las nubes, la filarmonía oculta del viento. He oído al Sol poderoso, rotundo en su soledad, y a la Luna engrandeciendo mi espíritu con su melodioso coro de voces femeninas. Ahora puedo escuchar las desencadenadas piezas operísticas que emanan de lejanas Nebulosas, el rítmico tamborileo de un Púlsar, la descarnada aria que brota de una Supernova o la sinfonía indómita de una Galaxia. Percibo, a lo lejos, un rumor latente; creo que es lo que confiere cohesión y unidad a esta mixtura sónica. Me pregunto qué será lo que produce este susurro distante.

Confesión

por lustik, 30 de junio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

Señoría, me sentí aislado, despreciado. Otrora fui importante, pertenecía a ese privilegiado grupo de imprescindibles. Yo era el punto neurálgico del universo, el invitado de honor de todo acontecimiento. Sin mí no había fiesta, ni diversión, ni sociedad. Miles de labios se acercaban a mí, me narraban los pormenores de las últimas hazañas de la humanidad, me susurraban escandalosos secretos, me regalaban hermosas palabras de amor. En momentos de descanso, las notas musicales y el trinar de los pájaros caracoleaban en mi interior. Mas… luego… artilugios metálicos, introducidos en lo más profundo de mi ser, me inundaron de estridencias robando mi sosiego. Fui su prisionero, quedando marginado de la vida que cantaba a mi alrededor. Los ojos, pegados a pantallas de monstruosos aparatos de los nuevos tiempos, se convirtieron en ladrones de mis noticias y cotilleos, del sentido de mi vida. Sentí envidia… odio y finalmente… los maté a martillazos.

Latidos de amor

por lustik, 30 de junio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

Duerme dulcemente, sus ojos cerrados, sus tiernas manos extendiendo lentamente sus diminutos dedos. La cabeza reposa en el pecho de su feliz mamá, el rostro irradia solo paz. Su oído ha encontrado, al fin, la suave melodía que lo acompaña desde siempre. Ese constante latido que le acaricia el alma, lo protege y le susurra tiernas palabras de amor. Durante un instante eterno, su mundo había sido invadido de voces y ruidos extraños. Se había sentido perdido, desterrado de su pequeño mundo, recorriendo un camino sin retorno, alejado de la seguridad prometida en cada nueva nota. Desesperado, había inhalado por vez primera la vida en sus pulmones y expulsado su soledad en un potente llanto. Ahora descansa tranquilo. Mil sonidos nuevos tintinean a su alrededor. No teme, el corazón le canta que, juntos, mamá y él los descubrirán.

Grillos y mosquitos

por Miranda, 30 de junio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

Mientras el sudor recorría toda mi piel por el extremoso calor del verano, mi oído captó lo último que deseaba escuchar. El chirrido del grillo delataba hallarse en algún lugar de mi hogar. Como no ganaba enojarme, cerré los ojos y puse atención. De repente, inició un extraordinario concierto, mientras chirriaba el grillo, unos mosquitos entraron a la oda con sus zumbidos. Al unísono primero, después cada uno. Parecía oleaje de mar para desvanecerse sólo en brisa, Y al compás, mis propios murmullos.Cuando abrí los ojos, cesó aquella música de estación. Solo quedó el chirrido de un grillo entristecido y el zumbido de los mosquitos que se alejaban.

Ecos

por Mar Celorio, 30 de junio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

Soy un hombre de ecos. Antes oía varias veces las mismas instrucciones sin tomarle importancia al sentido. De niño mi madre me gritaba: - ¡Termina tu tarea! - Minutos después… - ¡Termina tu tarea! – Minutos después… - ¡Termina tu tarea con un carajo!– Así me decía mi jefe en el trabajo, mi esposa en la cama y la sociedad todas las mañanas. Una tarde atrapado en el tráfico, musicalizado por el heavy claxon, un hombre apareció en mi ventana para asaltarme, eso quiero suponer, me apuntó con una pistola e inesperadamente, otro se acercó y le disparó directo en la cabeza, fue más veloz el fragor que lo que tardó en salpicarme. ¡Pude ser yo!. Desde entonces, el eco vive dentro de mi y no en las voces de las personas, aunque eso conlleve a que el estrépito no pague renta y se alimente de mi paranoia.

¿Odias?

por TormentoLiterario, 30 de junio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

Me encontraba frente a ella. No podía controlar mi rabia. Después de hacerme tanto daño cada vez que la miraba, era como si una cerilla se prendiese en mi corazón, y encendiese una hoguera que hacía correr el fuego por mis venas. Aun así, un resquicio de mi alma tomó calma y decidió sentarse tranquilamente y hablar con ella. Cada palabra, cada gesto, cada mueca que su rostro marcaba con el fin de darme a entender el odio que sentía, desafiaba mi calma hasta dejarla rendida. La impotencia me corroía, necesitaba decirle lo que realmente sentía. De modo que me acerqué y le di un trozo de papel a cuadros mal recortado. En éste la tinta parecía haberse corrido gracias a las lágrimas que lo mojaron cuando lo escribía unas horas antes. En éste decía: El odio te arropa ahora pero, ¿quién lo hace cuando él no te deja dormir?

Amapola

por Asteroide8, 30 de junio de 2013, Concurso Microrrelatos - Tercera Edición

Dime que cuando acaricias las teclas del piano el vello de tu espalda no se eriza, dime que tus ojos no se humedecen y que tu corazón no se acelera. Dime que no ansías el momento en el que puedas cerrar los ojos y hacerme creer que aún veo, creando nuevos mundos en mi mente, de los que ya jamás podré disfrutar y que aún así acaricio en mis sueños gracias a ti. Dime que si el mundo se acabase mañana por la mañana no pasarías la noche dejando volar tus dedos sobre el blanco y el negro y que no crees que aunque mis ojos solo naden en mares de sombras, mi mente es pura luz si me duermo oyéndote tocar. Dime todo eso sin que te tiemble la voz y sólo entonces afirmaré que no eres capaz de llegar al corazón a través del oído. Solo entonces.

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